Zonas húmedas. Charlotte Roche: La escatológica impertinencia

Portada de Zonas húmedas. Charlotte Roche

Zonas húmedas es de esas novelas que no dejan indiferente a nadie. Probemos a reproducir la primera frase de la obra: “Desde que tengo uso de razón sufro de almorranas”. Y el segundo capítulo empieza así: “La higiene con mayúscula no es lo mío”. El comienzo del tercero tampoco tiene desperdicio: “Crío aguacates. Es junto, con follar, mi única afición”. La autora, Charlotte Roche, tenía 30 años cuando publicó ésta su primera novela; se vendieron más de un millón de ejemplares y el libro se ha traducido a 25 idiomas. Lo estrafalario vende.

Una novela escatológica

El Diccionario Clave define el adjetivo escatológico como el “conjunto de expresiones o manifestaciones groseras y relacionadas con excrementos y suciedades”; en la literatura picaresca española abundaron las escenas escatológicas. La escatología también es una parafilia sexual. En Zonas húmedas la escatología se convierte en un arte, en el único tema de la novela expresado de mil maneras diferentes y referida a todas las excrecencias de las que es capaz de desprenderse el ser humano.

Su protagonista, Helen Memel, es una joven de 18 años que, tras un desastroso afeitado de sus partes íntimas, termina en el hospital con una fisura anal que debe ser operada. De manera explícita y sin tapujo alguno, Helen habla durante su estancia sobre duchas anales, hemorroides, tampones fabricados por una misma, secreciones corporales y todo tipo de prácticas sexuales estrafalarias. En otras palabras, habla sobre el placer -diríamos que freudiano- de descubrir su propio cuerpo, sin escatimar en detalles.

Helen es una niña mimada, impertinente y de una frescura juvenil envidiable cuyos padres se separaron hace tiempo y cuyo principal objetivo durante su convalecencia en el hospital es volver a reunirlos en su habitación. Para ello necesita perentoriamente no hacer algo que supondría el alta médica: no puede cagar, porque en el momento que lo haga y el médico vea que no se ha producido daño alguno en su ano, volvería a casa de su madre.

Así que toda la novela gira en torno al ano de Helen: antes de la operación, porque la acumulación de hemorroides que ella llama su coliflor es la prueba de fuego que impone a sus amantes masculinos para que se acuesten con ella, ya que les pide tener sexo anal con ellos; después de la operación, porque donde estaba su coliflor ahora hay un dilatadísimo hueco por el que no deja de chorrear líquido procedente de su interior, líquido que ella limpia con gasas que no van precisamente directas a la basura.

Un tono desenfadado

Los lectores pensarán que esta es una novela repugnante, pero no es así; el tono que consigue imprimir la británica Charlotte Roche es encantadoramente desenfadado, como si asistiéramos a una larga pataleta de una adolescente que se encuentra aburrida y busca todas las maneras posibles de entretenerse con su cuerpo, demostrando de camino que, en efecto, la higiene corporal no es lo suyo.

Dejemos, como ejemplo, un fragmento de sus curiosas costumbres en las relaciones sexuales que tiene con los chicos:

“Cuando follo con alguien llevo con orgullo su esperma en todos los resquicios del cuerpo, en los muslos, el vientre y donde me haya regado su leche. ¿Por qué esa gilipollez de lavarse después? Si te dan asco las pollas, los espermas y esmegmas, apaga y vámonos. A mí me gusta que el esperma se seque en la piel y forme costras que se van descascarillando poco a poco.

Cuando se la pelo a alguien, siempre procuro que quede un poco de esperma en mis manos (…) Así tengo un recuerdo de mi buena pareja folladora, o sea, un caramelo conmemorativo del encuentro sexual. Es un invento del que estoy muy orgullosa.”

El catálogo de fijaciones por las excrecencias del cuerpo parece no tener fin para Helen. Imagínense todo -pero todo– lo que nuestro cuerpo expulsa porque no lo necesita; pues bien, con ese todo Helen se excita, se corre a chorros, es lo que le pone, y nos lo cuenta con una naturalidad pasmosa:

Antes se consideraba que era repugnante que un hombre se tirara a una mujer que sangraba. Pero parece que eso ha pasado a la historia. Cuando follo con un chico al que le gusta que esté sangrando, dejamos la cama hecha una marranada a lo gore.

Para hacerlo, y si tengo la posibilidad de influir en la elección de las sábanas, las prefiero blancas y limpias. Entonces cambio de postura tantas veces como puedo para manchar a lo bestia. Lo mejor es hacerlo sentada o en cuclillas para que la gravitación terrestre pueda sacar la sangre del chochito de la mejor manera. Si me quedara acostada, la sangre tendería a concentrarse.”

A pesar de la apariencia, Zonas húmedas es una novela llena de ternura. Durante su estancia en el hospital, Helen se enamora de uno de los enfermeros, Robin, y trata de seducirlo de la única manera que sabe: excitándolo con sus extravagantes maneras; le pide que le haga fotos de primeros planos de su ano recién operado; deja a la vista sus gasas llenas de líquido excrementicio; le regala la visión de su cuerpo desnudo entre batas hospitalarias, sábanas manchadas de sangre menstrual y olores fétidos…

Un ejemplo adolescente de dependencia emocional

De alguna forma, Zonas húmedas habla de la soledad, del desarraigo, de las consecuencias del aburrimiento, de esa necesidad que sienten los adolescentes por llamar la atención de la forma que sea. Ella quiere reunir a sus padres divorciados bajo el mismo techo o enamorar al único enfermero que le ha hecho caso desde el principio. Y para eso no tiene más arma que su propio cuerpo, y además en unas condiciones lamentables.

Una escena definitiva para comprender este hecho es el que protagoniza Helen cuando, después de cagar en secreto y viendo que tarde o temprano lo volverá a hacer con conocimiento del personal sanitario, decide reabrir la herida del ano para permanecer unos días más en el hospital. Para ello busca cualquier instrumento que le sirva para su fin en una habitación casi desnuda de cosas y al final encuentra la manera. La situación no puede ser más patética:

“El freno de las ruedas. Ese pedal o palanquita de hierro que bloquea las ruedas de goma del catre. Me acerco lo más rápido que puedo, me pongo de espaldas y me dejo caer de golpe con el culo sobre el pedal. Quedo sentada en él. Y empiezo a moverme de un lado para otro. El dolor me hace gritar, me tapo la boca con las manos. Llanto estremecedor en las palmas. Si esta vez no funciona, ya no sé qué hacer. Siento perfectamente cómo el pedal penetra en la llaga y hago presión para hundirlo más. Ya. Suficiente, pequeña valiente. Enhorabuena. Aunque estoy llorando y temblando de dolor, parece que por fin he clavado, nunca mejor dicho, una pica en Flandes. Mi mano comprobadora se dirige hacia atrás para tomar un botón de muestra. Cuando la retiro para mirarla veo que está llena de sangre roja y fresca. Tengo que tumbarme porque me da un soponcio. Sería fatal. Me tienen que encontrar en la cama para que pueda decir que me pasó mientras estaba acostada. Así que acuéstate, Helen.”

El remedio, como es natural, es peor que la enfermedad y terminará siendo operada de urgencia mientras se desangra, lo que dará lugar a hilarantes escenas de pánico. Pero cumple su objetivo. Así es la joven Helen, impulsiva, imprudente, desastrosamente resolutiva, buscando efectos por lamentables causas, como cuando hace pasar a sus amantes por repugnantes pruebas para que se acuesten con ella. Y lo curioso es que se acuestan.

Helen es la inseguridad en persona y lo que viene a demostrar esta novela es que la inseguridad no tiene que venir aparejada de timidez; más bien todo lo contrario: el inseguro temerario es de una intrepidez a prueba de bombas. Nada detiene a Helen en su afán de comprobar constantemente que es aceptada por los demás.

La importancia de una elipsis

La inteligente escritora Charlotte Roche tiene mucho cuidado, durante toda la novela, de omitir un detalle fundamental para que entendamos el trasfondo de la trama: en ningún momento la protagonista, en su largo parloteo, hace mención a cualidad alguna de su intelectual. Esa omisión es el gran éxito de Zonas húmedas: Helen solo utiliza su cuerpo para atraer a los demás. Pero en lugar de hacerlo con sus encantos físicos, lo hace con lo que más puede llamar la atención, con lo que la hace diferente a los demás.

Habrá quien se quede con la parte, digamos, repugnante de la novela, con lo escatológico, con las extrañas relaciones sexuales o con el lenguaje soez y natural de la protagonista. Por supuesto que la presencia de estos elementos es aplastante; de hecho es el material con el que está construida la novela, pero no es su razón de ser.

Un escritor o escritora se sienta a escribir una novela por un motivo, porque quiere comunicar algo a los demás, y acaso Charlotte Roche lo hizo para demostrar el desamparo de la adolescencia, y en general del ser humano en determinadas circunstancias. Creo que una lectura de Zonas húmedas en esta clave enriquece la experiencia del lector, aparte de que se divertirá con las bastante asquerosas peripecias su impertinente protagonista.

Zonas húmedas. Charlotte Roche. Anagrama.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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