El arte de la ficción. Henry James

Henry James fue un excelente crítico que, como todos, adecuó sus juicios sobre obras ajenas a sus propias inclinaciones estéticas. Desde su juventud se había impregnado de narrativa francesa, por la que siempre sintió una especial predilección, y miraba con cierto fastidio la falta de criterio de la literatura en lengua inglesa. Cuando ya había escrito El retrato de una dama y hubo obtenido cierto reconocimiento público, decidió dar un paso más en sus inquietudes teóricas acerca de la novela escribiendo El arte de la ficción, un ensayo que vio la luz en una publicación periódica, Longman’s Magazine, y que a pesar de su brevedad debió tener para él mucha importancia, puesto que lo publicó en forma de libro en noviembre de 1884.

Su propósito inicial era dar respuesta a un opúsculo del escritor Walter Besant, titulado también El arte de la ficción, como si esta obrita hubiera dado forma a lo que él denomina “el misterio de la narración” -hay que reconocer que los caminos de Henry James eran siempre algo tortuosos- y sin más miramientos, se lanza de cabeza a discutir los problemas de la narrativa inglesa con estas palabras:

Durante el periodo que he aludido [los tiempos de Dickens y Thackeray], había en el extranjero el sentimiento cómodo y optimista de que una novela es una novela, del mismo modo que un pudin es un pudin, y de que lo único que teníamos que hacer era tragárnoslo. Pero desde hace uno o dos años, por una u otra razón, ha habido signos de que se recupera el ambiente: se diría que -dentro de unos límites- se ha inaugurado la era del debate.

Para él, “la práctica lograda de cualquier arte es un espectáculo delicioso, pero la teoría también es interesante; y aunque hay mucha teoría sin arte, sospecho que no ha existido nunca un éxito auténtico que no haya tenido un núcleo oculto de convicción”. Naturalmente, estaba refiriéndose a sí mismo, puesto que pocas líneas antes había catalogado a Dickens de escritor naïf.

Lo que viene a defender James -y que ya hemos comentado en multitud de reseñas- es que representar la vida, el pasado, las acciones de los hombres, es la tarea de cualquier escritor, que a su modo de ver tiene en común a la vez con la del filósofo y el pintor. Es decir, tiene que dar verosimilitud a lo narrado, y como ejemplo de torpeza narrativa trae a colación cierto pasaje de Anthony Trollope: en una digresión o un aparte de una de sus novelas, este escritor reconocía al lector que él estaba fingiendo y admitía que los conocimientos que narraba no habían sucedido en la realidad y que, por tanto, él podía imprimir en su narración cualquier giro que el lector prefiriera.

De ahí deriva a otros aspectos de la novela que a su entender son artificiales, como por ejemplo la necesidad de dar un “final feliz” como si “el final de una novela fuera como el de una buena cena, un plato de postre y helados” y poco después se mete en un berenjenal cuando decide explicar lo que es “una buena novela”.

Para empezar, pide que una novela sea interesante, pero naturalmente este requisito es aún vago y da un paso más: exige que derive del ejercicio de la libertad por parte del escritor. Esta cuestión, que puede parecer tan vaga como la anterior, sin embargo constituye la mejor defensa que hace del escritor como artista; primero elige una historia interesante, sí, pero después hace una elección más importante: ejecutar esa idea con el tratamiento, la dirección y el tono más adecuado para dar una impresión directa y personal de la vida. En contra de lo que pueda parecer, Henry James nunca fue defensor del realismo tal como se nos ha explicado siempre en las clases de literatura, sino de la verosimilitud, que es algo muy diferente, y para que lo entendemos bien nos ofrece un ejemplo perfecto:

La realidad de don Quijote o el señor Micawber [un personaje de David Copperfield] es una cuestión de matiz muy sutil; es una realidad tan mediatizada por la visión del autor que, por muy gráfica que sea, uno dudaría en proponerla como modelo; nos expondríamos a preguntas muy embarazosas por parte del alumno. No es necesario decir que uno no escribiría una buena novela si no tiene sentido de la realidad; pero es difícil ofrecer una receta para que ese sentido aparezca. La humanidad es inmensa y la realidad adopta millones de formas; lo máximo que se puede afirmar es que algunas de las flores de la ficción huelen a realidad y otras no.

Ante este panorama, se ríe de esa anticuada distinción entre la novela de personajes y la novela de acción, como de esa otra denominación, de moda por entonces, que hablaba de la “moderna novela inglesa”, como si a finales del siglo XIX se pudiera escribir una novela inglesa antigua. En definitiva, viene a destruir todas esas etiquetas tan queridas por los críticos y estudiosos de la literatura, lo que le da un sorprendente giro muy actual a su ensayo.

Hay que recordar que en el momento en el que James escribía este texto aún no habían surgido las vanguardias literarias, y las novelas, salvo raras excepciones, se parecían unas a otras como un mondadientes se parece a un puñado de mondadientes. James abogaba por la libertad del autor, y lo hacía con todas las consecuencias: solo desde la libertad se podía llegar al arte.

Su propia experiencia como escritor demuestra que se aplicaba bien sus presupuestos teóricos, y gran parte del rechazo público a su obra se debe precisamente a eso, a la libertad con que trataba sus temas, a su expresión personal de la que nunca abjuró, ni siquiera en los peores momentos. Como sabemos, la obra de James cayó en el olvido después de su muerte, coincidiendo con la eclosión de una forma de novela transgresora cuya libertad ya había él anticipado en este ensayo.

No es descabellado afirmar que el Ulises de Joyce o las retorcidas narraciones de Faulkner tienen su origen en el tratamiento formal de las novelas de James, y cuando la narrativa llegó a un callejón sin salida, no de forma casual se produjo el revival de su literatura y su justa apreciación crítica: James se “podía” leer y además la calidad de sus obras era indiscutible.

Creo que la mejor concepción de lo que es una novela para un escritor la explicó en el prefacio que escribió para El retrato de una dama en la Edición de Nueva York, y que no es más que consecuencia lógica de estas primeras opiniones que mantuvo sobre el arte de la narrativa:

La casa de la ficción no tiene una sola ventana sino millones, una cantidad incalculable de posibles ventanas; cada una de ellas ha sido horadada, o es susceptible de serlo, en su amplia fachada, por la necesidad de la visión individual y por la presión de la voluntad individual. Estas aperturas de distinta forma y tamaño se ciernen todas tan juntas sobre el panorama humano, que podríamos esperar de ellas un informe más parecido entre sí del que nos ofrecen. En el mejor de los casos, solo son ventanas, simples agujeros en la pared, desconectados, colgados en lo alto; no son puertas con bisagras abiertas directamente a la vida. Pero tienen una marca propia: en cada una de ellas se alza una figura con un par de ojos o, al menos, con unos prismáticos que desarrollan en la observación reiterada un instrumento único, el cual asegura a la persona que los utiliza una impresión distinta de la de los demás. Él y sus vecinos están viendo el mismo espectáculo, pero uno ve más donde el otro ve menos; uno ve negro donde el otro ve blanco; uno ve grande donde el otro ve pequeño, uno ve grueso donde el otro ve fino, y así sucesivamente. Por fortuna, no se puede decir qué panorama no pueden divisar desde una ventana un par de ojos concretos; digo por fortuna debido, precisamente, a la amplitud de su campo. El espacio desplegado, el escenario humano, es la “elección” del asunto; la apertura abierta, ya sea ancha y con balcón, o una vulgar hendidura, es la “forma literaria”; pero no hay nada, junto o por separado, sin la apostada presencia del observador, es decir, sin la conciencia del artista. Díganme de qué artista hablamos y les diré de qué ha sido consciente. De ese modo, calcularé de inmediato su ilimitada libertad y su referencia “moral”.

El arte de la ficción pertenece a la selección de ensayos La locura del arte. Henry James. Lumen.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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