Azar. Joseph Conrad

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Al lector exigente de novelas no solo le importa lo que el escritor cuenta, sino también cómo lo cuenta. Son innumerables los casos de buenas historias malogradas por un tratamiento erróneo o plano de la materia narrativa. A los mejores escritores se les reconoce por el adecuado uso que hacen de los recursos literarios, de manera que lo narrado y la forma de narrar se ajusten como un molde, y una cosa no se comprenda sin la otra. A mi entender, uno de los grandes maestros en este sentido fue Joseph Conrad (1857-1924), cuyas poderosas historias, que engloban en un todo indistinguible tanto los hechos físicos que describen como los sentimientos que subyacen y explican esos hechos, necesitaban el auxilio de una férrea estructura que dotara al relato de eso tan escurridizo de definir como es el poder de persuasión, la credibilidad de lo narrado.

Fueron muchos los recursos que utilizó Conrad a lo largo de su carrera para elevar el nivel de realidad de sus historias, pero entre todos el más destacado –y que mejores resultados le dio- fue el de las cajas chinas, es decir, el del relato dentro de otro relato, y para ello se valió, en cuatro ocasiones, de un mismo personaje que se supone cuenta una historia al propio escritor. Nos estamos refiriendo a Marlow, el narrador (que no el escritor) de El corazón de las tinieblas, Lord Jim y Juventud, y que aparecería por última vez en la novela que ahora nos ocupa: Azar (1913).

Acaso sea Azar la novela más compleja estructuralmente de Conrad, cuestión que tal vez fuera necesaria para el escritor puesto que la historia que se narra está entre las menos profundas del autor polaco. Curiosamente, de sus novelas, Azar fue la que más éxito alcanzó entre el público (y también la primera que lo hizo) y sin embargo de las que menos trascendencia ha tenido posteriormente.

De hecho, Azar es una novela anómala dentro de la producción de Conrad: es la primera en la que la protagonista es una mujer, y aunque en buena parte se desarrolla en un barco, éste no tiene la significación física de otros relatos de Conrad, aunque es fundamental para el desarrollo de la trama en cuanto a espacio aislado y claustrofóbico donde las pasiones son más difíciles de someter y controlar.

He dicho que la protagonista es una mujer, Flora de Barral, dado que todos los hechos de la novela giran alrededor de ella, pero no es ni mucho menos el personaje que actúe más en la narración. Más bien al contrario. El propio título de la novela es un resumen de lo que posteriormente será tratado: el alto grado de casualidad o suerte que marcaba la vida de las mujeres hace más de 100 años, cuando fue escrita la novela.

Flora de Barral será el juguete con el que jugará un destino creado y manejado por los hombres. Para empezar, los dos narradores de la historia son hombres: en primer lugar, un joven llamado Powell que es el segundo de a bordo de un barco en el que Flora pasará buena parte de la narración, y en segundo lugar el conocido Marlow, que apenas ha sido testigo presencial de la vida de Flora pero que cuenta historias escuchadas a otros hombres acerca del devenir de la muchacha por el mundo. A ellos, ya como personajes propiamente dichos de la novela, hay que sumar otros dos hombres: el padre de Flora, un financiero cínico y sinvergüenza que es encarcelado por estafa cuando Flora aún es una niña (y que aboca a ésta a vivir una vida de penuria junto a su hermana y su cuñado), y el capitán Anthony, un maduro y bregado capitán de barco que, no sabemos si por amor o por compasión, decide casarse con Flora, a la que arranca de un nada feliz hogar para meterla en su barco durante meses de travesía entre hombres, uno de ellos el propio padre de la ya joven mujer cuando es puesto en libertad.

A pesar de que se le ha echado en cara a Conrad que esta novela terminara felizmente (cosa que sinceramente no comprendo), el relato va acumulando sentimientos encontrados por todos sus flancos hasta convertir la travesía en un artefacto explosivo cuyo objeto no puede ser otro que la desdichada Flora: los celos de su padre cuando ve que se ha casado en lugar de esperarlo pasivamente (como mujer que es) a que saliera de la cárcel para dedicarse en exclusiva a él; la conducta desprendida y austera de su marido, cuyo corazón no se sabe bien si está más con el barco que con ella; la actitud rastrera de buena parte de la tripulación, que se siente ignorada por su capitán; la propia misoginia de Marlow, que conforme cuenta la vida de Flora va justificando los desmanes que cometen con ella por la simple razón de que es una mujer; y un largo etcétera de situaciones, a cuál más tensa, que rodean a la muchacha sin que ella pueda hacer el más mínimo gesto por salvarse o simplemente manifestar su voluntad.

No obstante, lo más interesante de la novela no está en los caprichosos vaivenes en la vida de la joven, sino en cómo es vista por la mirada masculina. No es que a Flora le sucedan cosas: es que le suceden por ésta o por aquella causa, y esas causas son explicadas mediante aproximaciones: es lo que piensa Marlow o Powell al respecto, o lo que le han dicho otros, o lo que a estos otros le dijeron otros tantos, de manera que todo es subjetivo y además con una subjetividad interesada.

Quizás la conclusión de esta novela sea que los hechos dependen de quién los cuente y no de lo que suceda realmente, que muchas veces es imposible conocer. Al fin y al cabo, Conrad lo que hace es bajar del pedestal de creador absoluto para ponerse a la altura del lector. De ahí el extraordinario poder de persuasión de esta gran novela.

Azar. Joseph Conrad. Alianza Editorial.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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