El consejo de Egipto. Leonardo Sciascia: La impostura histórica

El consejo de Egipto. Leonardo Sciascia. Reseña de Cicutadry

Antes de El nombre de la rosa se escribieron novelas históricas cuya calidad literaria era superior pero que, por circunstancias del momento en que fueron publicadas, no alcanzaron el éxito de la obra de Umberto Eco. Desde la misma Italia, Leonardo Sciascia, un escritor sumamente inteligente, probó a tomar la historia como excusa para hacer una crítica demoledora de los presuntos derechos adquiridos por determinadas clases sociales. El consejo de Egipto es, por ello, una de las mejores novelas históricas que se escribieron en el siglo XX.

La esencia de la novela histórica

Sciascia entendió que los grandes temas universales siempre están presentes en cualquier época y para abordar uno de ellos, los privilegios sociales, decidió trasladar la historia de su novela al siglo XVIII y a la alejada Palermo, entonces un virreinato dependiente del poder de los Borbones.

Buen conocedor de la literatura, supo aprovechar las posibilidades de la novela histórica incluyendo algunos personajes ficticios entre hechos y personalidades reales de la época. De esta manera, entendió la verdadera esencia de la novela histórica: usar la Historia como justificación para elevar los hechos concretos de un tiempo a un hecho universal.

Al contrario de lo que suele ocurrir en la literatura de un tiempo a esta parte, la novela histórica no es un subgénero revisionista que trata de introducir temas actuales en momentos pasados, reduciendo la Historia a un simple escenario de cartón piedra para introducir a los lectores pensamientos y criterios candentes en la actualidad que ni por asomo tenían vigencia (ni siquiera existencia) en el pasado. Un error común en el que no cayó el gran escritor que fue Leonardo Sciascia.

Los privilegios sociales

Palermo pertenecía al virreinato de Nápoles en el siglo XVIII. En otro país, Francia, Diderot y D’Alembert proponían la división de poderes y el pueblo llano empezaba a tomar conciencia de la opresión de su clase en favor de la nobleza: la Revolución Francesa estaba a las puertas.

Mientras tanto, en la tranquila Sicilia el virrey decidió suprimir la Inquisición que, a todas luces era el arma que utilizaba el Estado, en connivencia con la Iglesia Católica, para imponer por la fuerza su autoridad.

Esta supresión creó un lógico malestar entre la nobleza, que vio amenazados sus derechos. En este contexto, Leonardo Sciascia introduce la figura de un clérigo mediocre, fray Giuseppe Vella, que movido por la avaricia y la ambición personal ve la ocasión de obtener privilegios personales.

La gran impostura

Con ocasión de la visita a Palermo del embajador de Marruecos en Nápoles, el virrey echa mano de fray Giuseppe Vella en la creencia de los presuntos conocimientos de la lengua árabe de la que éste siempre ha hecho gala, y que proceden de una estancia en la isla de Malta cuyo provecho idiomático fue prácticamente nulo.

Desde el principio, Leonardo Sciascia introduce un fino humor para hacer más verosímil su historia. Queda suficientemente probado que los conocimientos del árabe por parte del clérigo son remotos y algo indica al lector que de este hecho no son ajenos quienes rodean a fray Vella. Sin embargo, hay intereses que aconsejan mantener la impostura.

Los códices medievales

Umberto Eco no fue el primero en utilizar los libros como centro de una trama de suspense. Antes lo había hecho Leonardo Sciascia encomendando a su personaje imaginario la reescritura de un supuesto códice denominado El consejo de Sicilia, escrito en lengua árabe, que venía a demostrar la influencia de este pueblo en la isla italiana.

En principio nada podía temerse de este acontecimiento histórico (por lo demás ridículo, puesto que en Sicilia no queda vestigio alguno del paso de los árabes por esa tierra) si no fuera porque este supuesto códice venía a demostrar algo incómodo para la nobleza: sus privilegios, en aquella época, procedían de la relación entre la divinidad y la realeza –aquello de “por la gracia de Dios”– y el hecho de una dominación musulmana de la isla eliminaba de raíz tal descendencia divina y, por tanto, el otorgamiento, en el pasado, de tierras y derechos a la nobleza por parte del Rey, es decir, de parte de Dios. Los nobles se convertirían de propietarios en usurpadores.

Obsérvese en el siguiente fragmento un aire de familia con lo que es la base de la trama de El nombre de la rosa:

En verdad, en medio de su insatisfacción, dentro de su inquietud, en un primer momento había proyectado dar más vida al embrollo y acrecentar aún más su fama con la noticia del hallazgo, en traducción árabe, de los libros sexagésimo o septuagésimo séptimo de Tito Livio: es decir, precisamente aquellos diecisiete libros que faltaban en el mundo de los eruditos. La emoción surgente, la espera confiada no le ofrecieron total satisfacción, de modo que pospuso para otro momento la escritura del texto de Livio y, en cambio, se entregó a estudiar un proyecto distinto, que se avenía mejor con su propia índole y con las circunstancias, el tiempo y la historia.

Le había nacido la idea a partir de una disposición de Caracciolo que, además de generar la habitual actitud irritada entre los nobles, había dado origen a una cierta zozobra. Se trataba de la remoción del Palacio Senatorial de los bustos, de mármol de Mongitore y de De Napoli, ilustres sostenedores de los privilegios baronales. Además, estaba la cremación pública, por mano del verdugo, de los tratados De Iudiciis causarum feudalium y De concessione feudi, escritos por De Gregorio.

Como un sabueso que, en una ráfaga de viento, percibe el rastro de su presa, fray Giuseppe se entregó a ventear aquel olor a quemado. El virrey Caracciolo se estaba dedicando a quemar toda la doctrina jurídica feudal, todo aquel complejo de doctrinas que la cultura siciliana, a través de muchos siglos, con gran ingenio y mayor artificio, había elaborado para los barones, con el fin de defender sus privilegios. Ese cuerpo jurídico constituía tina yuxtaposición de elementos históricos aislados con sabiduría, definidos e interpretados luego. Y esa legislación se había mantenido en un puesto inexpugnable, hasta aquel momento. Sólo hasta aquel momento, porque el virrey reformador y el soberano ávido comenzaban a advertir la impostura del macizo cuerpo jurídico. Fray Giuseppe, que de imposturas sabía mucho, comenzaba a comprender el engranaje de los engaños de la nobleza. Y no era demasiado lo que se necesitaba para echar por tierra los términos, para hacer llegar las pruebas del engaño, en forma disimulada, al virrey y a la Corona.

Los intereses creados

La impostura solo crece en medio de la ignorancia. Este hecho incontrovertible es el que defiende Leonardo Sciascia en El consejo de Egipto: no es necesario que el mentiroso sea el único que sabe de su mentira si los demás que la conocen están tan interesados como él en mantenerla.

A partir de esto, la novela se convierte en una verdadera novela de suspense. Habrá defensores y detractores de fray Giuseppe. Habrá quien piense que a un clérigo de cortas luces y menores conocimientos le es imposible que traducir un antiguo códice árabe. Habrá quien lo defienda aun sin saber absolutamente nada del tema.

Para asentar la veracidad de El consejo de Sicilia, fray Giuseppe anuncia la traducción de otro códice, El consejo de Egipto, que viene a ser como el martillo que apuntala el clavo introducido en los intereses de la nobleza.

Y El consejo de Egipto será, a fin de cuentas, el resultado de una ambición personal, porque la impostura envalentona al impostor y lo hace creer impune.

La difícil persistencia de la mentira

A estas alturas comprenderá el lector que El consejo de Egipto no es más que una excusa utilizada por Leonardo Sciascia para ahondar en la naturaleza humana.

Si hasta el momento de la publicación del anterior códice lo que se removía en la sociedad siciliana eran los cimientos de una clase social, con El consejo de Egipto se removerán los sentimientos enfrentados de aquellos que no ven con buenos ojos el ascenso social de un solo individuo.

En un momento dado de la novela poco importa el destino o la verosimilitud de El consejo de Egipto: el lector, a lo que asiste, es al barullo emocional de unos y otros por tener e imponer la razón a toda costa, con independencia del motivo que lo provoca.

Una novela humanística

Es entonces cuando aparece el profundo humanismo de Leonardo Sciascia, su mirada compasiva sobre el ser humano. Nadie escapa a las miserias cuando se trata de llevar la razón. Uno y otros mienten; unos y otros se empeñan en imponer sus criterios, muchas veces indefendibles. Unos y otros buscan aliados y, siempre, enemigos a los que combatir.

Hay un momento indeterminado en la novela en que ésta se vuelve amarga. El hombre se enfrenta con el hombre: la eterna historia.

Lo que viene a decirnos Sciascia en El consejo de Egipto es que la Historia se repite una y otra vez, y que si bien los acontecimientos relatados en su novela son ficticios, la naturaleza humana es inmutable en cualquier época y por cualquier causa. No hay que forzar los hechos: en la narrativa del ser humano a lo largo del tiempo, no hay suspense alguno.

El consejo de Egipto. Leonardo Sciascia. Tusquets.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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