El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza: Surrealismo policíaco

El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

El laberinto de las aceitunas fue la tercera novela escrita por Eduardo Mendoza, publicada en 1982. Puede considerarse la continuación de su anterior obra, El misterio de la cripta embrujada, puesto que comparte protagonista absoluto, el detective orate cuyas aventuras se desarrollan en Barcelona. Sin embargo, El laberinto de las aceitunas difiere de su predecesora en aspectos importantes que, quizá, tengan que ver con el origen de la novela.

La redacción de El laberinto de las aceitunas

Sabemos por el propio Mendoza que la redacción de esta novela fue distinta a cualquier otra que haya escrito. Confesaba a su biógrafo Llàtzer Moix que cuando llevaba escrita aproximadamente la mitad de la obra, se quedó sin inspiración. Ha sido la única vez en su fértil carrera literaria que se ha quedado bloqueado ante la página en blanco.

Fue la inercia del momento que estaba viviendo lo que llevó a Mendoza a volver sobre el mismo protagonista de su anterior novela. De alguna forma, Mendoza se siente muy a gusto con su detective orate, al que siempre ha tomado como una especie de alter ego. La prueba de ello es que ha vuelto a él varias veces más a lo largo de su producción.

Sin embargo, más que la identificación con el personaje, en esta ocasión lo que le llevó a su reencuentro fue un momento vital especialmente complejo: la reciente muerte de su madre, una crisis sentimental y todo tipo de dudas existenciales que lo llevaron a pensar en regresar a España. Eduardo Mendoza siempre ha sido hombre de grandes y permanentes cambios, y en esos momentos se encontraba inmerso en una novela que no era más que la continuación de la anterior. Indudablemente, se sentía incómodo. Aún estaba en los albores de su oficio de escritor y lo que hizo fue sacar ese oficio que sin duda posee gracias a sus provechosas lecturas.

Viejas fórmulas literarias

En principio, puede pensarse en una clara similitud entre El laberinto de las aceitunas y El misterio de la cripta embrujada, pero no es así. Si bien el tono humorístico de la novela se mantiene –y su trama policiaca-, son dos novelas concebidas por su autor de manera muy diferente. Como decíamos, ante el bloqueo y las circunstancias que acompañaron a su redacción, El laberinto de las aceitunas, Mendoza decidió tirar de oficio para sacar adelante su proyecto.

Como en toda su novelística, hay una clara mezcla de géneros, que es algo muy del gusto del escritor catalán. En El laberinto de las aceitunas impera, por encima de todo, la novela folletinesca, el folletín tan en boga en la literatura menor española que sin embargo tanto éxito ha tenido en los lectores.

En este caso, Mendoza obró por acumulación: las aventuras en las que se mete el detective orate son cada vez más enrevesadas, más disparatadas y más inverosímiles. En nuestra reseña de El misterio de la cripta embrujada hacíamos referencia a la libertad con la que Mendoza acometió esta obra, una libertad que llega al puro libertinaje en El laberinto de las aceitunas. No es que el detective protagonista esté loco: es que, en sí, es una novela absolutamente loca, por momentos anárquica, que solo mantiene la coherencia por ese oportuno recurso de acudir al folletín bien hilado.

El detective filósofo

Otra de las características de El laberinto de las aceitunas que apenas existe en su obra predecesora es la apuesta de Mendoza por la digresión. No deja de ser otro recurso muy común en el autor; sin embargo, en una obra que campea a sus anchas por el territorio de la anarquía, es algo que llama la atención. No olvidemos que la novela se sitúa en la Barcelona actual de esos momentos, en una España que seguía cambiando a pasos agigantados durante la Transición democrática, y este hecho lo aprovecha Mendoza para insertar todo tipo de pensamientos al respecto.

Sirva de ejemplo este largo fragmento en el que el detective orate, no tan loco como parece, interrumpa bruscamente la narración –precisamente en un momento clave de la trama policiaca- para lanzarse al ruedo filosófico sin ningún pudor:

Aproveché, como tenía por costumbre hacer en los últimos tiempos, el trayecto del ascensor, para rumiar cuán poderosa palanca es el dinero y cuántas puertas no puede abrir, cuántas cadenas romper, cuántas percepciones nublar y cuánta malquerencia trocar en carantoñas. La verdad es que nunca, en todos los años que llevo zascandileando por este árido valle, me he visto en posesión de vil metal, como los que no lo quieren bien lo llaman, y no estoy por tanto autorizado para pontificar sobre los efectos deletéreos que quienes lo conocen le atribuyen. De la ambición y la avaricia puedo hablar, porque las he visto de cerca. Del dinero, no. Precisamente, como sé por experiencia, sirve para evitar a los que lo tienen el pringoso contacto con quienes no lo tenemos. Y con toda honradez confieso que no me parece mal: los pobres, salvo que las estadísticas me fallen, somos feos, malhablados, torpes de trato, desaliñados en el vestir y, cuando el calor aprieta, asaz pestilentes. También tenemos, dicen, una excusa que, a mi modo de ver, nada altera la realidad. No es por ello menos cierto que somos, a falta de otro credencial, más dados a trabajar con ahínco y a ser dicharacheros, desprendidos, modestos, corteses y afectuosos y no desabridos, egoístas, petulantes, groseros y zafios, como sin duda seríamos si para sobrevivir no dependiéramos tanto de caer en gracia. Pienso, para concluir, que si todos fuéramos pudientes y no tuviésemos que currelar para ganarnos los garbanzos, no habría futbolistas ni toreros ni cupletistas ni putas ni chorizos y la vida sería muy gris y este planeta muy triste plaza.

Cervantes siempre al fondo

Obsérvese el lenguaje puramente cervantino que emplea Mendoza en los pensamientos de su detective –que, por lo demás, casi siempre se expresa de esta forma-, mezclado con unas deducciones generalistas y populares propias de Sancho Panza y esa salida lingüística “no tuviésemos que currelar para ganarnos los garbanzos” tan característica de Mendoza.

Si en El misterio de la cripta embrujada se acudía y se actualizaba la novela picaresca española, en El laberinto de las aceitunas se llega a su máxima expresión por la acumulación de secuencias –también propias del lenguaje cinematográfico- que hacen de esta novela todo un texto surrealista, no obstante, anclado en la realidad.

Sigo pensando que esto no deja de ser un recurso cervantino, puesto que en El Quijote tenemos la suerte de disfrutar de una serie de aventuras que rondan lo surrealista -sobre todo en la segunda parte- que hacen de la novela un espléndido vehículo humorístico. La diferencia con la novela de Cervantes es que Mendoza no introduce ningún personaje que ponga cordura alguna a la trama.

Una novela surrealista

De alguna manera, en El laberinto de las aceitunas se diluye la trama policiaca conforma transcurre la novela que, curiosamente, comienza más al estilo thriller que nunca, con secuestro incluido del protagonista y una maleta llena de dinero que es el McGuffin de la historia. Estas pretensiones entre la novela negra y la de espionaje, sin embargo, se diluyendo conforme se avanza en las páginas, que termina siendo un pandemónium sin pies ni cabeza, pero francamente divertido.

Eduardo Mendoza sostiene que esta novela es la oveja negra de su producción. Sinceramente, no comparto su opinión. Ha escrito novelas más hilarantes; por supuesto, más coherentes, más policiacas, si se me permite aquí ese término. Pero nunca ha llegado a escribir una novela tan descarada, tan imprevisible, tan loca. Y si no fuera por Eduardo Mendoza, este tipo de novelas no existirían en la literatura española, tan falta de frescura y de hacer disfrutar al lector de unos ratos entretenidos y dichosos.

El laberinto de las aceitunas. Eduardo Mendoza. Seix Barral

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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