Crónica de una amistad: Correspondencia y otros escritos. Henry James y Robert Louis Stevenson.

StevensonHenry James había conocido a Stevenson en 1879 y le pareció, según le comentó a un conocido, “un individuo agradable, pero un bohemio en su aspecto y en gran medida un engreído (de una manera inofensiva)”: poco podría imaginar el escritor norteamericano que terminaría convirtiéndose en uno de los mejores amigos del escocés. Si hemos hecho esta pequeña introducción es para resaltar el poder de la admiración cuando se trata de dos artistas verdaderos. En lo personal, tal vez sea difícil encontrar dos caracteres más antitéticos, pero cuando esas dos personas comparten una devoción que alcanza la totalidad de sus vidas, su ser entero, el temperamento poco importa. Leer la edición de su correspondencia, Henry James y Robert Louis Stevenson: Crónica de una amistad, es una delicia para los que asociamos en un mismo término humanidad y arte.

Todo empezó en 1874. Henry James escribió un famoso ensayo titulado El arte de la novela, en el que exponía sus ideas acerca de lo que él consideraba los derroteros por donde debía transitar la narrativa. Como es sabido, James defendía que la novela tenía que representar e ilustrar la realidad, las acciones de los hombres. Sus postulados no eran naturalistas, ni siquiera exactamente realistas –como conocemos por sus novelas- pero, en cualquier caso, la fantasía pura quedaba completamente proscrita para él.

Sin embargo, en uno de los párrafos del artículo hacía una alusión cuanto menos curiosa a juzgar por sus razonamientos anteriores:

Acabo de leer la deliciosa novela La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y el último relato de Edmond de Goncourt, cuyo título es Chérie. Una de estas obras trata de asesinatos, misterios, islas de espantable fama, escapatorias por los pelos, milagrosas coincidencias y doblones enterrados. La otra trata de una muchachita francesa que vivía en una hermosa casa en París y murió de sensibilidad herida porque nadie quería casarse con ella. Califico de deliciosa La isla del tesoro porque me parece maravillosamente lograda en lo que se propone.

Tres meses después, en un artículo titulado Una humilde reconvención, Robert Louis Stevenson defendía su narrativa, entre otros, de Henry James. También es bien conocida la poética de Stevenson, que él resumía con estas palabras:

La vida es monstruosa, infinita, ilógica, abrupta y conmovedora; una obra de arte, en comparación, es pulcra, acabada, autosuficiente, racional, fluyente y castrada. La vida se impone por su energía bruta, como el trueno inarticulado; el arte apresa el oído, entre los ruidos de la experiencia, mucho más fuertes, como una melodía interpretada artificialmente por un músico discreto.

E igual que ocurriera con Henry James, en un momento del ensayo parece cambiar radicalmente su discurso cuando recuerda un cuento de éste que acaba de leer:

En su reciente obra El autor de Beltraffio, tan justa en su concepción, tan ágil y pulcra en su técnica, se emplea en efecto la pasión fuerte, pero observad que no se exhibe. Incluso en la heroína se oculta la actuación de la pasión; la gran lucha, la verdadera tragedia, transcurre sin ser vista tras las hojas de una puerta cerrada. La deliciosa invención del joven visitante se introduce, conscientemente o no, con este fin: que el señor James, fiel a su método, pueda evitar la escena de pasión. Confío en que ningún lector me considerará culpable de infravalorar esta pequeña obra maestra.

Dos días después, James le escribe una amistosa carta a Stevenson de cordial simpatía y regocijo: “Es un lujo, en esta época inmoral, encontrar a alguien que realmente escribe, que de verdad está familiarizado con ese arte encantador”, a lo que Stevenson contesta que “soy, comparado con usted, un patán y un zarrapastroso de primer orden”. Cada uno en su estilo, pero unidos por un reconocimiento mutuo, comienzan una genuina amistad que solo terminará con la muerte de Stevenson.

Aunque esta reseña sea la crónica de esa amistad, conviene recordar que La isla del tesoro fue la primera novela de Stevenson y que, por aquel entonces, Henry James acababa de publicar El retrato de una dama. Que ambos identificaron inmediatamente la genialidad del otro, no alberga ninguna duda. Que sus estilos diferentes no impidieron un íntimo acercamiento, tampoco.

La amistad pronto floreció bajo el encantador paisaje de Skerryvore, residencia de Stevenson, al que James acudió en numerosas ocasiones hasta el punto de que la familia le tenía reservado un sillón sobre el que nadie más se sentaba.

Movido por el entusiasmo, Stevenson escribía poemas para su amigo, referidos a algunas de sus obras, medio en serio medio en broma. Por lo que podemos deducir de las encantadoras palabras que se cruzaban, James mantenía siempre su rígido porte de hombre amable y elegante –aunque a veces encendidas por la pasión de la amistad- mientras que advertimos en Stevenson una campechanería y una cierta rudeza en sus expresiones; más aún: Stevenson no deja de ser el niño en el que imaginamos que se transformaba cuando escribía sus fabulosas novelas. Incluso ironiza sobre sus críticos, cuando considera que ha llegado su consagración literaria por el hecho de ser atacado hasta extremos dolorosos.

Desgraciadamente, en 1887 Stevenson tiene que partir hacia la Polinesia debido a su enfermedad, que se ha agravado en Inglaterra. Sin embargo, su humor no desaparece y sirvan como muestra de su estilo epistolar estas palabras, después de recibir en el puerto de El Havre una caja de champán enviada por su querido amigo.

Es un James espléndido, y un Henry James muy espléndido, y un vino notablemente espléndido; y en cuanto al barco, es un barco condenadamente malo, y todos somos unos marineros muy toscos. Nos gustaría que estuviese con nosotros para dibujar a los demás tontos.

A partir de esos días, la correspondencia comienza a enfatizar los amargos momentos que ambos están pasando. James primero se entusiasma con la novela que está escribiendo, La musa trágica, para poco más tarde quejarse del trato que está recibiendo por parte de la crítica y terminar confesando a su amigo que se dedicará al teatro con el fin de poder obtener unos ingresos que de otro modo no recibe.

Carta de Robert Louis Stevenson a Henry James desde la playa de El Havre, agosto 1877

Stevenson es más irónico con su enfermedad y la delicada situación que vive en Honolulú. El frío arrecia en la ciudad y apenas tiene qué comer. En una de las cartas confiesa que esa noche ha cenado un aguacate con su mujer y que varias veces su único sustento ha sido pan duro y cebollas, pero no por ello pierde la ironía: “¿Qué haría uno con un huésped en tales estrecheces? ¿Comérselo?”.

No desaprovechan la ocasión para comentarse las novelas que van leyendo el uno del otro, y en este sentido siguen siendo tal y como nos lo imaginamos: James se deshace en halagos con El señor de BallantraeCatriona y no se permite ni la más mínima crítica. Stevenson, por el contrario, le pide a su amigo que no vuelva a escribir ninguna novela más como El retrato de una dama, porque “me ha hecho llorar”. A su vez, ambos coinciden en su admiración por un joven escritor que está despuntando, un tal Kipling, que les asombra por su precocidad y sus dotes. También ambos albergan la esperanza de volver a verse.

El 7 de julio de 1894, desde Vailima, Stevenson le envía una carta a James que comienza con estas palabras:

Voy a tratar de dictar una carta o una nota para usted, y de empezarla sin una chispa de esperanza, estando mi mente por completo en suspenso. Esta enfermedad es muy dura para el hombre de letras. Ahora llevo sufriéndola un mes, y parece empeorar en vez de mejorar. Si resultara ser reblandecedora del cerebro, ello añadiría un melancólico interés al presente documento.

Para terminar:

Y no tengo ni idea de lo que he dicho, ni tengo idea de lo que debería haber dicho, y soy un completo borrico, pero mi corazón está en su sitio y soy, mi querido Henry James, suyo.

Pocos meses después, moría Robert Louis Stevenson, con la misma integridad con que había vivido, al igual que lo haría su amigo Henry James. Tal vez estas cartas no sean un documento literario valiosísimo pero muestran a dos seres fieles a sí mismos y leales entre sí. El arte los unía, y más de cien años después, los sigue uniendo en la mente de muchos lectores agradecidos.

Crónica de una amistad. Correspondencia y otros escritos. Henry James y Robert Louis Stevenson. Hiperión.

 

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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