Kokoro. Natsume Soseki

Kokoro. Natsume Soseki

¿Qué precio hay que pagar para conseguir lo que más quieres en la vida? En Occidente, la respuesta parece sencilla: nuestro sentido de la individualidad avala el egoísmo de nuestras acciones. Pero para la mentalidad oriental, este dilema no es tan fácil de dilucidar. Natsume Soseki (1867-1916) fue un escritor fundamental para explicar a los occidentales el pensamiento oriental porque supo imbricar como nadie forma y fondo, de manera que no es fácil distinguir en su literatura dónde empieza la mirada de Occidente y dónde termina la naturaleza japonesa. No en vano, fue estudiante en Inglaterra pero también fue hijo de la apertura cultural nipona que sobrevino a partir del gobierno del emperador Meiji. Tal vez, Kokoro (1914) sea el ejemplo fundamental para entender el trauma producido por el paso de la arraigada cultura medieval a los nuevos aires aperturistas que acaecieron en Japón a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

“Kokoro” es una palabra japonesa de difícil traducción, puesto que en su definición abarca palabras tan abstractas y vastas como corazón, mente, interior, espíritu o alma. En cualquier caso, todos esos conceptos se pueden aplicar sin dificultad a la historia que cuenta esta novela. En un principio, nos encontramos con la narración en primera persona de un joven estudiante que conoce a una especie de filósofo casero al que llama sensei (nunca conoceremos su nombre), que es un término de tratamiento usado a personas hacia las que se muestra un especial respeto. Desde las primeras páginas, el narrador no oculta el deslumbramiento que le produce conocer de cerca los pensamientos del sensei, que de alguna manera se va a convertir en el maestro del joven acerca de los secretos de la vida.

Sensei es un intelectual amargado por una experiencia de juventud y desocupado, que vive de espaldas a la sociedad con solo su mujer, y que al revelar su pasado en la última parte de la novela, se convertirá en verdadero protagonista. Sus enseñanzas son extrañamente heterodoxas, cuajadas de silencios y sobreentendidos, paseos por la ciudad y preguntas lanzadas al aire que no esperan respuesta. Es evidente que oculta algo, que su comportamiento se encuentra muy lejos de cualquier costumbre al uso. Sabemos que fue un buen estudiante y que se licenció por la Universidad, pero a partir de ese momento, su actitud ante la vida cambió por completo. El narrador, en muchas ocasiones, no comprende las oscuras ideas de sensei, incluso se irrita con su conducta evasiva, pero en el fondo comprende que ese hombre ha vivido lo suficiente para llevar consigo una sabiduría que no se puede aprender en los libros, sino que es solo fruto de la experiencia.

La novela tiene una estructura perfecta: las dos primeras partes están narradas por el joven estudiante, entendemos que años después de los hechos que se relatan, aunque en ningún momento deja traslucir sus opiniones actuales respecto a los sucesos que narra. La primera parte abarca el conocimiento de sensei y las conversaciones que mantienen entre ellos, cada vez más profundas y a la vez cada vez más enigmáticas. Ante todo, se trasluce la desconfianza de sensei hacia el mundo, hacia las personas y hacia la cultura tradicional. La segunda parte cuenta el viaje que realiza el muchacho a su pueblo natal, para cuidar a su padre enfermo, una vez que han terminado sus estudios en la universidad. Esta segunda parte es muy rica en significados, puesto que, si bien el joven no ha terminado de comprender las enseñanzas de su maestro en la vida, sí que se enfrenta al pasado más costumbrista en la figura de su familia, apegada aún a las viejas costumbres, con un sentido mucho más comunitario que el individualismo, diríamos que egoísta, que ha aprendido de sensei. Es el momento en el que el joven debe tomar partido por una postura u otra: por un lado, el amor hacia la familia, la compasión hacia el padre enfermo, pendiente éste a su vez de la enfermedad del emperador, que finalmente morirá, y con él, todo un mundo de creencias que la familia ha intentado mantener frente a los nuevos tiempos.

Esta segunda parte se interrumpirá repentinamente con la llegada de una voluminosa carta de sensei, en la que anuncia que cuando el joven la lea, él ya estará muerto, víctima de un suicidio. El joven, a pesar de que su padre se encuentra ya en su lecho de muerte, toma el tren hacia Tokio para llegar cuanto antes a la casa de sensei, y ahí termina su historia. Ya no sabremos qué le ocurre al joven a partir del momento en que lee la carta. La tercera parte de la novela será la propia carta de despedida de sensei, donde relata los hechos acaecidos en su juventud que lo llevaron hacia el descreimiento en el que vivió el resto de sus vida.

Este suicidio de sensei no deja de mostrar que éste aún se encuentra imbuido por las ideas de respetabilidad y culpa tan cercanas al pensamiento tradicional japonés. Es decir, el propio sensei no es capaz, al final de su vida, de liberarse de las ataduras que con tanto esfuerzo trató de eliminar en su vida. Esta carta será, realmente, el gran núcleo narrativo de la novela. Muy a grandes rasgos, se trata de la rivalidad de dos jóvenes (uno de ellos el sensei) por el amor de una joven. Pero sería una injusticia hacia la novela comprimir en tan amplias palabras la verdadera complejidad de la historia. Valga decir que el otro joven, un amigo de la universidad de sensei, se crió en una familia bonzo, asfixiantemente oprimida por los sentimientos de lealtad, voluntad, esfuerzo y austeridad propios de un fanatismo religioso. El choque cultural entre los dos amigos es el verdadero nudo gordiano de la historia. De nuevo Oriente y Occidente, lo viejo y lo nuevo, la estrechez mental y la creencia en el progreso.

Hay páginas en Kokoro que son de una belleza extrema. No por las descripciones, que no existen en toda la novela, sino por el discurso tan poderoso que reclama al lector una toma de posición entre razón y sentimiento. Con una sencillez narrativa extraordinaria, el relato se va ampliando y complicando por momentos sin dar tregua al lector. No podemos decir que Kokoro sea una novela intelectual, ni romántica, ni sentimental, aunque todo de eso hay en ella. Soseki supo acoplar conceptos tan escurridizos como la pasión, la culpa, la tradición, el egoísmo y la deslealtad, de manera que todo cabe en sus páginas con una suavidad de seda sin que haya un tema que predomine sobre otro. En la intensidad narrativa se encuentra la gran apuesta de Soseki, un ejemplo de cómo explicar la condición humana con palabras sencillas en una historia sencilla.

Kokoro. Natsume Soseki. Gredos.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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