La carreta. Enrique Amorim: El amor barato

La carreta. Enrique AmorimEn la literatura uruguaya del siglo XX se da un fenómeno exclusivo y poco conocido dentro de las letras en castellano: el de los escritores “raros”. Se trata de una corriente de autores, eminentemente imaginativa, con un gusto especial por el extrañamiento y la marginalidad. Fue Isidore Ducasse, un poeta montevideano más conocido como Conde de Lautrémont, quien inició esta especie de malditismo con su libro Los cantos de Maldoror, un sobrecogedor poemario de 1869 que ensalzaba el sadomasoquismo, la obscenidad y el asesinato, y que posteriormente fue muy valorado por los surrealistas franceses.

No muy lejano a este afán de describir los horrores de la mente y las zonas inéditas de lo real nos encontramos con Horacio Quiroga, cuyos Cuentos de amor de locura y de muerte abordaban la deshumanización del hombre y sus impulsos más primitivos. En una línea más fantástica, casi onírica, mantuvieron esta corriente los raros Felisberto Hernández, Armonía Somers, Mario Levrero y, en la actualidad, Juan Entroini o Carlos María Federici (el caso de Juan Carlos Onetti, un bicho raro de la literatura, habla por sí mismo). Si bien no se acostumbra a incluir entre estos nombres a Enrique Amorim, entendemos que su novela La carreta (1941) lo convirtió en un eslabón necesario dentro de esta extraña tradición uruguaya.

Enrique Amorim fue un prolífico y desordenado autor que abordó todos los géneros con un entusiasmo rayano en la ingenuidad. Su figura recuerda a la de otro inclasificable escritor, Macedonio Fernández, acaso un invento más de Borges. Amorim, sin embargo, no tuvo al lado a un autor de éxito que realzara sus extravagancias y ahora poco se recuerda de su legado literario.

De hecho, La carreta, que se considera generalmente una novela, no podríamos asegurar que pertenezca a este género, pues está formada por una serie de cuentos, o de estampas, unida por un hilo temático, como más tarde se verá, y en la que entran y salen los personajes a completo capricho del narrador.

La génesis de la novela fue un cuento escrito en 1923, Las Quitanderas, que formaba parte de uno de sus primeros libros, Tangarupá. Las Quitanderas mostraba una originalidad en la temática que llamó la atención de crítica y lectores. Estas mujeres, reales o no, prostitutas itinerantes por el campo uruguayo a bordo de carretas, incitaron un fuerte interés. Los instintos más primitivos de los hombres, la veracidad de estas sórdidas hazañas de sexo barato, la brutalidad que sustentaba el relato, dio pie a que Amorim continuara narrando a lo largo de los años esta despojada aventura humana por la desolada llanura.

Enrique Amorim junto a Federico García Lorca

Al principio el texto giró alrededor de un siniestro personaje, Matacabayo, un gaucho viejo y derrotado por la enfermedad cuyos oscuros impulsos despiertan el día que arriba a su aldea un desolador circo ambulante. Su mentalidad cerrada y oscura coincide con la realidad que oculta el circo: durante la triste función, algunas chicas -las quitanderas- que viajan en las carretas se dedican a satisfacer las necesidades sexuales de los solitarios hombres que ven en la carne nueva un motivo para abandonar durante unos minutos su miserable existencia. Matacabayo asumirá el negocio como propio prescindiendo de la excusa del circo, y se lanza a la llanura con el único propósito de explotar a esas pobres mujeres.

Es extraño que durante mucho tiempo se pensara en Uruguay que estas quitanderas existieron en la realidad, y que Enrique Amorim no había hecho más que transcribir una realidad conocida. Leyendo atentamente el texto encontramos, sin embargo, un mundo de alucinación, sangre y violencia que difícilmente pudo existir. La vida del gaucho, de las aldeas perdidas de los campos uruguayos, está completamente transformada, dinamitada, por una visión envilecida, supersticiosa y fatídica que fue cobrando cuerpo durante los años en los que Enrique Amorim fue sumando relatos y más relatos al primero original, que terminaría formando una novela que conoció seis ediciones hasta su texto definitivo en 1952, 29 años después de ser publicado el cuento de Las Quitanderas.

Insistimos en que estos relatos, si bien conservan una atmósfera común, están protagonizados por personajes que aparecen y desaparecen en pocas páginas, o que regresan al texto de forma intermitente, salpicando con su presencia otras historias en las que ya no son protagonistas. En algunos casos son estampas sueltas, generalmente narraciones de una brutalidad siniestra, que se alternan con una historia, medio hilvanada, que se retoma cuando le parece bien al autor y que sirve para dotar de unidad temática a la obra.

La genialidad de Amorim fue convertir el libro en un icono, en una referencia verosímil de un mundo aparentemente perdido, marginal, que estaba en el ideario del uruguayo, un mundo del que se sabía algo por alusiones inciertas pero del que no se conocía verdaderamente nada. Amorim inventó una realidad, construyó un mito a partir de materiales de derribo. En la muy urbana Uruguay supo captar la curiosidad o el morbo del ciudadano medio, una especie de cruda leyenda de episodios que parecían llenar el imaginario popular de un sabor pintoresco, de vivos colores, elevado por encima de su directo significado por una gracia casi sensual que además estaba aderezada por una descripción sexual y dolorosa en las que tiernas criaturas tenían que sobrevivir a la oscura perversión de la servidumbre humana. En La carreta todo era inventado, pero merecía ser cierto.

La carreta. Enrique Amorim. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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