La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza: La gran novela de Barcelona

La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

La ciudad de los prodigios fue la cuarta novela publicada por Eduardo Mendoza, en 1986. Está considerada por la mayoría de la crítica como la mejor novela de su autor. El escritor Juan Benet, conocido por su infalible olfato literario, dijo entonces: “Se trata de una obra excepcional, que ni el propio Mendoza desplazará con otra ulterior, aun cuando la llegue a superar a juicio de los entendidos”. Tal vez el tiempo le haya dado la razón, aunque sea por la falta de voluntad de Mendoza, desde entonces, para embarcarse en proyectos verdaderamente ambiciosos.

Un proyecto ambicioso

Dentro de la novelística de Mendoza, La ciudad de los prodigios destaca precisamente por eso: por ser una obra de aliento ambicioso. Se suele decir que la producción de Mendoza es bifronte: junto a obras mayores, destaca por contraste el número de obras “menores”, en las que se suelen incluir sus novelas humorísticas. No obstante, esta distinción se nos antoja artificial y errónea.

La vena humorística de Mendoza es el mejor ejemplo de este género en España durante el siglo XX. Menospreciar el humor de por sí es un grave error muy español que, por ejemplo, no se da en la literatura anglosajona. Obras como Sin noticias de Gurb o El misterio de la cripta embrujada, por ejemplo, no son menores que La ciudad de los prodigios, sino solo distintas. Otra cosa es que ésta última supusiera para su autor un mayor esfuerzo de documentación y composición.

Justamente, la primera impresión que da la lectura de La ciudad de los prodigios es la de su ajustada estructura. Su composición es compleja, pues combina sin apenas grietas la gran historia de Barcelona con la intrahistoria de un único personaje, Onofre Bouvila. Una acertada documentación sirve de cañamazo para las peripecias de los personajes. Digamos que esto presta una indudable apariencia de seriedad, cualidad tan querida por la crítica y aún más por los lectores cuando –a nuestro entender- es la parte menos interesante de cualquier novela: para eso están los libros de historia.

Una ciudad y un personaje

Sin duda el gran acierto de Mendoza fue la de escribir la novela de una ciudad, en este caso, Barcelona. Para ello eligió el período concreto en el que surgió la metrópoli que ahora conocemos: el tiempo que transcurre entre la Exposición Universal de 1888 y la Exposición Universal de 1929. Mendoza eligió este período en aras de la simetría –ya digo que ese tipo de detalles le da el aspecto de seriedad deseado- aunque la idea primera del escritor barcelonés fue extender la historia hasta las Olimpiadas de 1992, proyecto que finalmente desechó.

La cuestión es que la idea de Mendoza fue sumamente brillante. Barcelona no tenía su novela, y él la escribió. Su intención se ve clara desde el primer párrafo de la obra. Durante varias páginas Mendoza se dedica a situar Barcelona geográfica y socialmente como si de una obra de historia se tratara. Esta declaración de intenciones sitúa perfectamente al lector: le viene a decir que Barcelona es el gran personaje de la novela. En ese primer párrafo también aparece ya Onofre Bouvila, el protagonista absoluto de la obra. Un personaje que se moverá entre las circunstancias prodigiosas que acaecieron en Barcelona durante 50 años.

El otro acierto de Mendoza es que esas circunstancias se verán producidas por el propio Onofre Bouvila, lo que da una dimensión trascendental al personaje. Pero al contrario que otras novelas conocidas en este sentido, Onofre Bouvila no será protagonista visible de la historia de Barcelona, puesto que esto le restaría el carácter de ficción de la obra. Mendoza, de forma muy inteligente, hace deambular a Bouvila por uno de sus escenarios favoritos: los bajos fondos.

Afecto por los bajos fondos

Quien se acerque a la obra de Mendoza comprobará su tendencia a situar el escenario de sus obras en las circunstancias y lugares más sórdidos. Su indudable atracción por los anarquistas le dio la solución. La Exposición Universal de 1888 fue erigida en un ambiente pre-revolucionario que le venía que ni pintado para situar la acción de la novela.

En ese ambiente de pobreza, explotación y corruptelas crece Onofre Bouvila en lo que parece, en principio, una forma de supervivencia. Bouvila procede de un pequeño pueblo de la provincia de Barcelona y llega a la capital con una mano delante y otra detrás. Llega a una pensión que para sí quisiera haber imaginado Pérez Galdós y mediante una serie de peripecias acertadas Bouvila consigue escapar holgadamente de la miseria.

Otra idea afortunada de Mendoza es rodear a Bouvila de una serie de personajes miserables y mezquinos que engrandecen al protagonista ante los ojos del lector. Cuando se ha recorrido una buena parte de la novela se comprende que Bouvila es un tipo sin escrúpulos que mediante el chantaje, la extorsión y el crimen más o menos organizado consigue escalar en la escala económica de Barcelona, que no en la social.

La intrahistoria de una ciudad

En este sentido, La ciudad de los prodigios es una novela decididamente pesimista. Si Mendoza expone a las claras que quien hace dinero en Barcelona es un auténtico canalla es que viene a decir que los cimientos de la actual Barcelona están fundados en lo más abyecto del ser humano. Y no es que sea solo Bouvila el personaje más bajo de cuantos aparecen en la novela. La nómina de personajes miserables no tiene fin, incluso en ciertas esferas sociales elevadas.

Acumular tanto horror en una novela suele ser contraproducente, por lo que Mendoza –de nuevo con gran acierto- introduce determinados aspectos del folletín y la novela sentimental para aligerar la carga dramática. No por ello se edulcora la historia, ya que todo lo que toca Bouvila lo convierte en sórdido, pero sí que ayuda a que el texto contenga aspectos más agradables para el lector.

Y como no puede faltar en toda gran novela de Mendoza, el aspecto humorístico también aparece con su tema favorito: la religión, o mejor dicho, los santos, que tendrán un efecto decisivo para el devenir de Barcelona. En este sentido, y a pesar de tratarse de una novela “seria”, Mendoza decide desbarrar a su manera y hace que algunos santos populares de Barcelona se bajen de sus peanas de escayola para dirigirse al ayuntamiento y hablar con las autoridades sobre el futuro de la ciudad. En este sentido, como en tantos otros, La ciudad de los prodigios es una novela escrita con la particular mirada de Eduardo Mendoza.

Desafecto por los personajes

Si nos situamos en el momento de su publicación, La ciudad de los prodigios deja a la vista otra de las características de Mendoza: su nulo amor por sus personajes. No hay posiblemente ni un solo párrafo de la novela en la que haya una mirada conmiserativa hacia cualquiera de los muchos personajes que aparecen en la obra. Ni siquiera sobre la gran protagonista, Barcelona, precisamente en un período de su historia que en la actualidad es el más recordado aunque sea a efectos de su reclamo turístico.

La demolición de las murallas, la construcción de la primera Exposición Universal, el ensanche urbanístico, la influencia de las autoridades políticas tanto de Madrid como de Cataluña, el despertar del proletariado, la irrupción de la Exposición de Universal de 1929, nada de ello está relatado con una mirada amable. Ni siquiera Mendoza utiliza la ironía para destacar ciertos aspectos de la Barcelona emergente.

Onofre Bouvila es un gran personaje, construido a conciencia, pero cuyo aspecto inicuo no permite matiz alguno. Su falta de escrúpulos es total. Su sentido de la oportunidad, prodigioso. Sabemos por el propio Mendoza –narrador evidente de la novela, en contraposición de la habitual tercera persona omnisciente- que se convertirá en el hombre más rico de España, acaso uno de los más ricos del mundo. Sin embargo, no le da respiro, un momento de sentimentalidad, ni siquiera un amago de flaqueza. Es el hombre hecho a sí mismo, sin ambages, quizás como la propia Barcelona, una ciudad también hecha a sí misma en contra de las directrices centralistas de Madrid, con alcaldes y autoridades barcelonesas miopes y una burguesía que apenas aparece en la novela pero que se antoja también de cortas luces.

Tal vez La ciudad de los prodigios es el relato de un esfuerzo continuado, de una lucha sin tregua, de un aspecto de la historia que queda vedado a los ojos de los ciudadanos a pie. Posiblemente las grandes ciudades se han construido a base de sudor y de sangre y esto es lo que nos viene a decir Mendoza con esta gran novela: el romanticismo es cosa de los débiles, de los que se afanan en encontrar la felicidad en las pequeñas cosas. En las grandes, en lo que realmente permanece, solo hay dureza, suerte y sentido de la oportunidad.

La ciudad de los prodigios. Eduardo Mendoza. Seix Barral.

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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