Los Prefacios a la Edición de Nueva York: Roderick Hudson

14.prefacios_roderickComo ya indicamos en una reseña introductoria, Henry James tuvo la oportunidad de revisar al final de su trayectoria narrativa aquellas obras que consideró más relevantes para una edición americana de sus Obras Completas que a la postre se convirtió en una guía de lectura manejada por el propio autor en la que no sólo aludía a las obras en sí –su concepción, sus defectos y virtudes, sus puntos clave- sino también una muestra de su teoría literaria largamente fundamentada en su pasión por sus escritores más admirados –de los cuales escribió un buen puñado de artículos- y en su aguda capacidad crítica, que no excluía sus propios libros.

A pesar de que en 1871 escribió una novela corta, Guarda y Tutela, James consideraba Roderick Hudson (1875) su primera obra de envergadura, su primera novela propiamente hablando. Como él mismo indicó en su prefacio, dicha obra representó para él su primer intento de navegar lejos de “las aguas poco profundas y las caletas arenosas del cuento corto”, comparando su empeño con el hallazgo de una vela que le permitió adentrarse mar adentro con la sensación de ser capaz de afrontar un tema “complicado”.

Como vimos en nuestra reseña de Roderick Hudson, abordaba por primera vez ese tema tan personal, que le abrió las puertas del reconocimiento, que podríamos denominar el tema internacional. Su posición y su propia historia personal lo facultaban para observar con detenimiento las dos culturas que había vivido, tanto la europea como la norteamericana, y unirlas o enfrentarlas de acuerdo con el argumento que tuviera en la cabeza. En este caso, recordemos que era la historia de un escultor desconocido y provinciano de Massachussets que es descubierto por un mecenas también norteamericano y que le propone un viaje a Roma para que capte el ambiente artístico de la ciudad y así pueda mejorar la calidad de sus esculturas hasta alcanzar un éxito que el mecenas considera seguro.

Precisamente en esta primera parte es donde James encuentra uno de los graves errores de la novela que al lector poco atento le hubiera pasado desapercibido de no advertirlo el propio autor: la recreación de ese pueblo, Northampton, fundamental para servir de contraste con la mentalidad europea, mucho más abierta y alegre que el provincianismo del lugar de nacimiento.

Para quien desconozca los gustos literarios de James diremos que su narrativa siempre aspiró a “parecerse” a ese gran monumento novelístico que es la Comedia Humana de Balzac. Reconozco que es difícil vislumbrar un nexo entre dos narrativas más distintas, pero en su fuero interno –y en tres largos ensayos críticos- James aspiraba a recrear en la novela el mismo ambiente, las mismas maneras que el escritor francés en cuanto a que esas novelas le parecían realidad sentida en contraposición con la realidad vivida, cuyo exponente –señala en una ocasión- podría ser Edgar A. Poe. Es decir, Balzac era el mejor ejemplo de escritor que transforma la realidad y le da la forma que el escritor desea, de modo que parezca realidad verosímil pero estrictamente personal.

Pues bien, acertadamente James se queja de que escoger un lugar real, ese perdido pueblo de Massachussets, lo obligaba a dotarlo de una vida verosímil y, digamos, lo suficientemente real para sus intereses, obligación que no hubiera existido de otra forma. Es cierto que, a la postre, el hecho de que el muchacho sea de Massachussets importa bien poco para el desarrollo de la historia, como podría haber sido de cualquier otro estado del Este americano. Su retraso artístico respecto a Europa y su escasa resistencia a los complejos placeres que le brinda su estancia en Roma sólo son fruto de su procedencia americana, pero el dibujo que James intenta trazar en los primeros capítulos acerca de su vida en Massachussets se queda en simple esbozo o en anécdota. James, tratando de emular a Balzac, se quedó en nada.

El otro error que encuentra el autor a su novela es la fulgurante caída anímica de Roderick cuando conoce a Christina Light, futura princesa Casamassima. James entiende que es inexplicable para el lector, porque cuando ha detallado cada aspecto de su relación con Europa, tanto desde la perspectiva del éxito como la del fracaso, el personaje se desploma sin que haya motivo suficiente para ello, o como el propio escritor diría, verosímil.

Es cierto que su novela está descompensada en este aspecto, pero ese desequilibrio ya lo había iniciado James muchas páginas antes, cuando convierte a Christina Light en protagonista de la obra, no al propio Roderick Hudson, como era natural. Para salvar un tanto esa fragilidad, James hace que la madre y la novia de Roderick acudan a Roma para enfrentar así a las dos mujeres y crear de ahí un argumento dramático.

Pero la novia americana del escultor se encuentra tan desdibujada desde el principio de la novela y tiene tan poco peso específico en su trama que aumenta más si cabe el desequilibrio, sólo salvado en parte por lo que el escritor llamaría más tarde el reflector de la novela, es decir, el punto de vista desde el cual está contada la historia, en este caso el amigo mecenas, Rowland Mallet, que asiste a ese auge y caída de un modo más o menos imparcial, pero que siente, como tercera persona involucrada en los hechos, el drama que se despliega ante nuestros ojos como si los viera, desde su propia conciencia, en un escenario iluminado y claro. Insistimos en que estos defectos sólo pueden verse a la luz de una posterior lectura atenta de la novela.

De este prefacio, cuyas virtudes críticas son indiscutibles, me quedo con una profunda reflexión que hace Henry James acerca de la composición de una novela y que puede ser, de alguna manera, la primera lección para futuros novelistas que contiene esta extraordinaria colección de prefacios para la Edición de Nueva York.

En ella habla de ese momento en que el escritor, frente al folio en blanco y con un argumento más o menos montado en la cabeza, debe exponerlo al futuro lector de la mejor manera posible y que a la postre es lo que distingue una buena obra de una mala, o lo que la asciende a la categoría de obra maestra. A raíz de los acontecimientos que el autor quiere plasmar sobre el papel y que se torna en una determinada “idea” para disciplinarlos, dice James que se impone “una angustia proporcional” que queda explicada en las siguientes palabras:

Exhibir las relaciones [que ciertas figuras y cosas establecen entre ellas], una vez que han sido reconocidas, es “tratar” la idea, lo cual supone no descuidar ninguna que contribuya directamente al interés; el grado de lo directo de esa contribución resulta de muy difícil apreciación, y de él depende implacablemente la felicidad de la forma y de la composición, como parte del efecto total. ¿Hasta qué punto es tal o cual acontecimiento indispensable para el interés? ¿Cuál es el punto más allá del cual deja de serlo rigurosamente? ¿Dónde, para la completa expresión de nuestro tema, se detiene determinada relación, dando paso a alguna otra no importante para esa expresión?

Sobre la base de su propia experiencia, James se plantea el eterno dilema del escritor -y en general del artista- de que la continuidad de las cosas marca una geometría propia y que seguir o detenerse en un momento, aun dentro de la fascinación que el escritor pueda sentir sobre lo que está escribiendo, es un esfuerzo que tiene la misma intensidad que la propia escritura, sin que haya reglas que puedan indicar el camino a seguir:

El arte sería fácil si […] esas comodidades, esas simplificaciones ya vinieran dadas. Pero el caso es que tenemos que inventarlas y establecerlas, y llegar a ellas a través de un duro proceso de selección y comparación, de renuncias y sacrificios. El verdadero significado de la pericia en el arte es el coraje adquirido para arrostrar esa cruel crisis desde el momento mismo en que uno la ve avecinarse.

El maestro, ya casi acabada su vida literaria, seguía dando una lección más de sabiduría: resaltar la importancia que supone en un artista la confianza y la convicción en lo que está haciendo.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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