Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa

En 1984, con el poco dinero que conseguía sisarle a mi madre de su monedero, comencé a comprar mi primera colección de libros. Entonces las librerías, para mí, eran un lugar codiciado pero prohibido, porque no podía costearme ni siquiera uno de los deseados ejemplares de sus estanterías. Así que empecé a comprarme en el kiosco unos libros color crema de la editorial Seix Barral, a cuyo bajo precio unían una cuidada selección de títulos que quizás nunca se haya vuelto a repetir. El primer libro que me compré se llamaba La guerra del fin del mundo y era de Mario Vargas Llosa. Entonces no sabía que acababa de entrar por una de las secretas puertas del Paraíso.El libro casi llegaba a las quinientas páginas; era de una letra diminuta y tenía unos márgenes casi inexistentes. Lo leí con una fascinación ansiosa, en una de esas tardes infinitas que sólo existen en la memoria. Solamente recuerdo que tras acabar sus últimos párrafos, me encontraba exhausto y entusiasmado. Allí estaba todo lo que yo quería leer: el estilo, la emoción de una historia bien contada, el dibujo perfecto de los personajes, el ritmo preciso e incesante. Muchos años después supe que para Mario Vargas Llosa, escribir era un vicio; desde entonces, lo puedo asegurar, leer a Mario Vargas Llosa es para mí un vicio.Me puedo considerar un hombre afortunado: muchos de mis mejores momentos los he pasado junto a Stevenson, Conrad, Dickens, Stefan Zweig. Cada uno me ha dado todo aquello que yo le pedía, y que tal vez sea un imposible: un rato de felicidad. Como a ellos, leer a Mario Vargas Llosa es una forma refinada de la dicha. Porque su escritura bebe de la mismísima fuente de la literatura: la pasión por contar. Y de una virtud que sólo poseen los grandes escritores: el encanto.

Decía Eduardo Mallea que las almas verdaderamente creadoras son almas exageradas. En los libros de Vargas Llosa hay un desbordamiento, una sobreabundancia, una rara grandeza, que los elevan por encima de la realidad, porque ellos mismos construyen su propio universo. Y la realidad es muchas veces dramática, fraudulenta, desconcertante. Todo lo que Vargas Llosa ha escrito responde siempre a una pregunta. La formuló el personaje de Zavalita en esa obra maestra que es Conversación en la Catedral: “¿En qué momento se ha jodido el Perú?” De igual manera, Vargas Llosa se pregunta antes de ponerse a escribir: ¿en qué momento se ha jodido el mundo? Su arte, sus libros, son la hermosa respuesta. No sabemos dónde esta el truco.

Sin escritores como él, la buena literatura habría muerto hace tiempo. Como firme creyente en su fe de narrador, no sólo se ha conformado con transformar la injusta realidad en deliciosa ficción. Su inagotable ambición como escritor no ha encontrado límite: además de la brutal tiranía de Leonidas Trujillo, el Chivo, y de la inquieta vida de la feminista Flora Tristán, se ha atrevido a contarnos una de las historias más divertidas que jamás se han escrito en español, Pantaleón y las visitadoras, e incluso elevó el género de la novela erótica a la categoría de obra maestra con el Elogio de la madrastra. Naturalmente, no es éste el espacio para seguir demostrando los méritos como escritor de Mario Vargas Llosa; ni siquiera los necesita: sólo los grandes escritores superan con su obra los elogios que se hagan de ella.

Acercarnos a una de sus novelas es como contemplar una perfecta escultura. Detrás de la imponente talla hay un bloque de mármol, informe, en bruto, que ha sido pulido, trabajado, mimado. Para escribir La casa verde, Vargas Llosa compuso primeramente 4.000 folios, que labró, limó y redujo hasta las pocas más de 300 páginas que quedaron como definitivas. De igual manera ha escrito el resto de sus novelas, con la disciplina y la imaginación de un orfebre, en este caso de la palabra. Si a la mayoría de los escritores se les nota cada una de las trampas que ha utilizado, incluso los textos que ha plagiado para componer el suyo, a Vargas Llosa no hay forma de descubrirle la tramoya, como si sus libros hubieran nacido por generación espontánea, en una sola noche, como en los cuentos mágicos. A esto, algunos, le llamamos talento.

Hace ahora cincuenta años, cuando él sólo tenía veintitrés, publicó su primer libro, Los jefes. Tan sólo con este libro, hubiera estado justificada su existencia como escritor. Pero por suerte, nos ha seguido regalando el placer impagable de su obra, siempre movida por la tenacidad y la insatisfacción. En una entrevista, le oí decir que él escribía porque era una forma de luchar contra la infelicidad. Pocas veces la infelicidad produjo en los demás resultados tan placenteros.
Acaso, todos tenemos algunos motivos para desear volver a nacer. Para mí, descubrir de nuevo los libros de Vargas Llosa sería uno de ellos.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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