Poetas de Argentina: Alfonsina Storni

Alfonsina Storni (1892-1938). Argentina

Alfonsina Storni

La poesía de Alfonsina Storni, junto con la de Delmira Agustini, son un anticipo de una nueva poesía femenina que busca la emancipación de la mujer. Tanto una como otra tratan el erotismo con vehemencia, con sensualidad e incluso con pasión.

Breve nota biográfica de Alfonsina Storni.

Considerada la poeta del posmodernismo argentino, Alfonsina Storni nació en Sala Capriasca (Suiza), el 29 de mayo de 1892, trasladándose con su familia a la Argentina, a muy temprana edad.

Padeciendo una niñez con estrecheces económicas, Alfonsina Storni debió trabajar, entre otras cosas, como lavaplatos, camarera y costurera.

Posteriormente, Alfonsina Storni ejerció como maestra rural en la Escuela Normal de Coronda. Fue profesora de arte dramático y colaboró con varios grupos de teatro juvenil.

En 1911 Alfonsina Storni se mudó a Buenos Aires donde dio a luz a su hijo Alejandro, de padre desconocido. La autora comenzó su carrera literaria en 1916 con La inquietud del rosal, continuando en 1918 con El dulce daño y en 1919 con Irremediablemente. Su poemario Languidez (1920) recibió el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura.

El poemario Ocre (1925) consagró casi definitivamente el alejamiento de Alfonsina Storni del modernismo, con un contenido realista. En 1926, publicó Poemas de amor; y en 1938, poco antes de su muerte, publicó una Antología poética.

Dramatismo, amor y feminismo en la poesía de Alfonsina Storni.

Toda la obra de Alfonsina Storni refleja dramatismo, lucha y una audacia inusual para la época. Su temática es, sobre todo, amorosa, feminista y profunda, en donde se refleja un carácter singular, marcado muchas veces por la neurosis.

Alfonsina Storni mantuvo una relación de amistad con Horacio Quiroga, a quien le dedicó alguno de sus poemas. Sin embargo, no está claro si esa relación trascendió más allá de la amistad y fueron amantes.

Su muerte, continúa la huella de su transgresora personalidad. Su trágico suicidio, en las aguas de la playa «La Perla», de Mar del Plata, el 25 de octubre de 1938, le permitió huir de una penosa enfermedad oncológica y de la soledad que la invadía.

Hemos escogido el poema ¡Adios! de Alfonsina Storni, con una temática que podría considerarse premonitoria de su trágica muerte:

¡ADIÓS!

Las cosas que mueren jamás resucitan,
las cosas que mueren no tornan jamás.
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
es polvo por siempre y por siempre será!

Cuando los capullos caen de la rama
dos veces seguidas no florecerán…
¡Las flores tronchadas por el viento impío
se agotan por siempre, por siempre jamás!

¡Los días que fueron, los días perdidos,
los días inertes ya no volverán!
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
bajo el aletazo de la soledad!

¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que así se nos van!

¡Corazón… silencia!… ¡Cúbrete de llagas!…
-de llagas infectas- ¡cúbrete de mal!…
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
corazón maldito que inquietas mi afán!

¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que no vuelven más! …

Estructuralmente, el poema está compuesto por seis estrofas de cuatro versos dodecasílabos cada una, por tanto, pertenece a la poesía de arte mayor. La rima es asonante y se sitúa en los versos pares.

Es indispensable reconocer que desde el título se anuncia una despedida. Los signos de exclamación que encierran la palabra titular vaticinan un texto agudo; hemos de adentrarnos en la lectura de algo que a priori se vislumbra de carácter íntimo, puesto que nadie se despide de un desconocido.

La metáfora que abarca los primeros cuatro versos, inmediatamente pone en tela de juicio la grandeza del ser humano. Hay un estado material original y uno ulterior al que toda cosa eventualmente llega, desde una columna de mármol hasta los huesos de un cadáver añoso: polvo, ceniza, aquello que se nos escapa de las manos por impalpable.

La naturaleza como entidad ambigua

La segunda estrofa pone de manifiesto la alianza entre la vida y la muerte, la admisión de estas dos entidades como inseparables. Morir en la flor de la vida es cuestión de la naturaleza, incluso antes de siquiera asomar los primeros pétalos. Imágenes lúgubres como esta tiñen un mundo hostil. Prontamente, el poema replica mediante un gesto del viento y afirma que la naturaleza es caos. Gracias a la asignación de un adjetivo el aire es personificado, y desde el mismo adjetivo extraemos la resolución filosófica. Entendamos al viento como forma simbólica de una deidad representando al orden natural del universo. El verso admite que la ventolera cursó su ruta natural y, aunque esto le cueste la vida a una flor, no deja de ser más o menos justo.

Recién en la tercera y cuarta estrofa del texto conocemos la postura sentimental en tanto al paso del tiempo. La prosa, por vez primera, utiliza la tercera persona del plural, y abandona el tono distante y filosófico, incluso menciona la soledad. Estos dos puntos implican un dialogo directo con el lector, rompiendo con lo abstracto.

Monólogo en dos partes

El quinto fragmento opera como un monólogo entre quien maneja la pluma y su propio corazón. La figura retórica paranomasia exalta el latir de los cuatro versos. El narrador llama al silencio y enfatiza su voluntad mediante la consecución de palabras con elles, que empatan fonéticamente la expresividad lírica.

La dualidad entre vivir y morir es sintetizada a través de la composición de los últimos versos. La sexta estrofa está partida al medio conceptualmente: los dos primeros versos son la antítesis de los dos últimos. Esta ambigüedad parecería replegar el poema a su estadio original, reflexivo, irresoluto. Sin embargo, la última línea nos compromete y posiciona como testigos fieles de los últimos movimientos de una pluma terriblemente sofocada y llena de amor.

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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