Poetas de México: Alfonso Reyes

Alfonso Reyes (1889-1959). México

Alfonso Reyes nació el 17 de mayo de 1889 en Monterrey, México. Estudió el bachillerato en el Liceo Francés de la Ciudad de México, y estudió Derecho en esta ciudad.

En 1909 fundó, conjuntamente con otros escritores como Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos Calderón, el Ateneo de la Juventud. Cuando tenía 21 años de edad, publicó su primer libro: Cuestiones Estéticas.

La Revolución Mexicana de 1910 trajo funestas consecuencias a la familia Reyes, pues el padre de Alfonso Reyes participó en un golpe de estado en contra del presidente Francisco I. Madero y murió el primer día de la contienda. Esto hizo imposible que Alfonso Reyes pudiese regresar al país, y decidió vivir en España donde permaneció hasta 1924.

Fue colaborador de la Revista de Filología Española, de la Revista de Occidente y de la Revue Hispanique. En España se consagró a la literatura y la combinó con el periodismo; trabajó en el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección de Don Ramón Menéndez Pidal.

Una vez asentados los vientos de la revolución, la fama de Alfonso Reyes en Europa llegó a México y el gobierno lo incorporó al servicio diplomático; fue nombrado segundo secretario de la Legación de México en España, Encargado de negocios en España, Ministro en Francia, y Embajador en Argentina hasta 1930.

En Buenos Aires Alfonso Reyes convivió con la brillante generación literaria, Victoria Ocampo le presentó a Xul Solar, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Paul Groussac.

Después fue enviado a Brasil, y en abril de 1939 presidió la Casa de España en México, una institución fundada principalmente por refugiados de la Guerra Civil Española y que después se convertiría en el prestigiado Colegio de México. Fue miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

Alfonso Reyes se convirtió en el principal animador de la investigación literaria en México, y uno de los mejores críticos y ensayistas en lengua castellana y una de las voces poéticas más importantes de Hispanoamérica..

Murió en 1959 en ciudad de México, víctima de una afección cardiaca. Comentamos en esta entrada su poema La amenaza de la flor:

LA AMENAZA DE LA FLOR

Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!

Flor de las adormideras.

Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía,
como tú, negras pestañas.

Flor de las adormideras.
Una se te parecía…
Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
¡Tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer!

«La amenaza de la flor», de Alfonso Reyes, es un poema caracterizado por el miedo, la coquetería y el encanto. Sabemos que nada es más aterrador que la belleza, en tanto que promete desarraigar al sujeto de su posición, sea cual sea. La hermosura trae en consecuencia el arrebato y, en esa pérdida del control sobre sí mismo, la desgracia.

A pesar de que la mente sabe; pese a todos los signos que auguran la pasión y el posterior desencanto («Una se te parecía. Y tiemblo sólo de ver tu mano sobre la mía»), le es inevitable continuar en el embelesamiento. 

Decía José Gaos del estilo de Alfonso Reyes, que era indescifrable. Aun así, aquí lo encontramos más directo, casi reactivo. Fuera la erudición, se entrega completamente en el tratamiento de los tópicos: aquellos que regresan al tema de la feminidad y de la contemplación de lo femenino.

La mujer flor

En un análisis línea a línea, veremos que comienza por observar la mujer que es amapola: es somnífera y lleva al espectador a bajar la guardia, de manera casi inevitable. Va cargada de dos símbolos complementarios: el sueño y la relajación. La amapola es un narcótico.

La imagen es todavía más fuerte cuando nos habla de su rojo color que nos remite al goce del cuerpo y a la fiesta, así como a los momentos extraordinarios. Porque el romance es en sí una celebración y una embriaguez que nubla el juicio.

El poeta sabe lo que se avecina: vislumbra el punto en el que habrá de ceder. Porque la mujer que aún no ha conocido es abstracta y se le piensa como se piensa a las estrellas…, o a las flores. Su carne todavía no es carne, sino pétalos. Su perfume es un aroma silvestre. Pero, poco a poco, él reconoce a la mujer que vive en ella, pues comienza a compararla con un amor de su pasado. Más exactamente, con todos los amores de su pasado, que tienen en un común una coquetería que comienza inocente, para luego desencadenar al amante. 

Dice: «Una se te parecía en el rubor con que engañas». El engaño no es solo una mentira explícita, sino un velo que se posa sobre el cuerpo, sobre los propios sentimientos y las intenciones. Recuerda en la nueva flor todos los signos que le sedujeron en sus experiencias anteriores, de lo cual deduce que saldrá con las mismas experiencias y heridas.

Mantener esa imagen de la mujer flor le permite mantenerse en el terreno de la fantasía. Es por eso que nos dice que evitará llegar al momento de la consumación, donde ese ser desconocido se revele como humano. Pero, así como el enamoramiento solamente puede aplazarse, más no agotarse, está ya resignado a pasar por el eterno proceso de amor y dolor. Como todos los que aman.

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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