Thomas Mann: La montaña mágica.

Thomas Mann: La montaña mágica

Thomas Mann (1875-1955) fue un gigante de las letras al que le gustaba acometer empresas ciclópeas y desmesuradas, un escritor con una mirada de largo alcance que se soñaba creador de mitos y de una épica que explicara los grandes acontecimientos y las grandes ideas de su tiempo, una especie de superhombre de la literatura que tomó conciencia de los estilos de vida de la burguesía y trató de describirlos, manipularlos y descomponerlos hasta sus más pequeñas piezas en obras tan ambiciosas como La montaña mágica (1924), obras inabarcables que tan sólo pueden ser comprendidas después de una lenta y concienzuda lectura, que sin lugar a dudas será de provecho para quien se acerque a ellas.

La montaña mágica no es una novela fácil, ni por sus dimensiones, ni por su contenido. Además, Thomas Mann fue un escritor minucioso que le gustaba cincelar cada frase hasta alcanzar con ella la perfección, logrando a cada momento eso que se llama calidad de página. Para el lector que le guste una narración bien escrita, equilibrada y profunda, sin duda ésta es su novela. No diremos lo mismo a quien busque emociones fuertes o una trama complicada y entretenida, pues en La montaña mágica, aun sucediéndose las situaciones narrativas sin descanso, en realidad, ocurren muy pocas cosas, como es natural en una historia que transcurre en un lugar cerrado.

Porque La montaña mágica se desarrolla en su totalidad dentro de un sanatorio de tuberculosos en Suiza. Allí, a cinco mil pies de altura, subirá Hans Castorp para visitar a su primo Joachim, que lleva seis meses tratando de curarse de su enfermedad. La subida al sanatorio es narrada por Mann como un ascenso a una región fuera de la jurisdicción de los hombres, donde reinan condiciones de vida absolutamente inusuales, peculiarmente sobrias y frugales. Lo que emprenderá el joven Hans Castorp será su peculiar ascenso al abismo del conocimiento: lo que en principio sería una mera visita de tres semanas se convertirá, ya enfermo, en una estancia de siete años. En el sanatorio hay pocas distracciones: pequeños paseos por los alrededores, cinco comidas diarias y largas horas de descanso echados en tumbonas para respirar el aire benéfico de la montaña. Hans Castorp pasará de la verticalidad de la vida diaria a un mundo horizontal donde nada importa nada.

Así se nos introduce en un universo en miniatura, el sanatorio de Davos, donde ricos burgueses de toda Europa, acostumbrados a la buena educación y a las sanas costumbres, conviven con una muerte indolora que es como el telón de fondo donde se desarrollan sus vidas. Se trata de un peligroso sucedáneo de la vida que logra, en poco tiempo, enajenar al joven y alejarlo completamente de la vida real y activa. En el sanatorio, la concepción del tiempo no existe, ni las responsabilidades, ni el esfuerzo. En el sanatorio no ocurren grandes acontecimientos, no hay diversiones, no hay niños. Sin embargo, Hans Castorp encontrará en el siniestro ambiente una serie de personajes que operarán dentro de él como el camino de iniciación que le devuelva la salud, más espiritual que física.

La galería de personajes que se despliega en La montaña mágica es abrumadora. La maestría de Thomas Mann hará de ellos, además, personas de carne y hueso, personas que podemos encontrar en nuestra vida diaria, sin perder por ello el carácter simbólico que la narración necesita para que supongan la iniciación del protagonista. Podríamos decir que son personajes ideales, que cada uno de ellos representa una forma de ser típica y que el conjunto aspira a explicar el mundo. Los peligros morales que entraña la cura de reposo quedarán a cargo de dos personajes principales y antagónicos, el señor Settembrini y el profesor Naphta, eternos polemistas cuyas discusiones abarcan buena parte de la obra. Settembrini es un humanista laico y masónico, cosmopolita e internacionalista, que tratará de inculcar en el joven enfermo los ideales de la razón y la cultura. Por contra, Naphta, un judío convertido en jesuita, pesimista y partidario de un gobierno dictatorial, proclamará que la única forma de encauzar la malvada condición humana es a través del terror y la guerra. Estos serán los dos grandes puntos de vista que sostendrán el monumento ideológico que es La montaña mágica: el progreso contra la reacción, el futuro contra el pasado, la razón contra la espiritualidad, en un discurso continuo que no podrá conciliarse jamás.

En realidad, Thomas Mann concibió esta novela como un documento del ambiente y de la problemática espiritual del primer tercio del siglo XX, quiso reflejar la contradicción interna que vivía la sociedad de la época, enfrentada entre la idea de la fraternidad y el empuje de la guerra, que no tardaría en vencer. Thomas Mann introduce su peculiar mirada de manera indirecta: mediante descripciones, diálogos o atmósferas, y conforme se avanza en la lectura se comprende que nada queda al azar, que la novela, a pesar de sus dimensiones y de su complejidad, se sujeta a una fuerte estructura que tiene por objetivo desplegar un entramado de temas, como si fuera una sinfonía; en concreto, una improbable sinfonía de Wagner.

La montaña mágica, dentro de su desmesura y su extraordinaria ambición, es una novela imprescindible que plantea un conocimiento atípico del ser humano, una profundidad difícilmente igualable, un caudal de sabiduría y una aventura narrativa donde se desvelan muchos interrogantes del género humano.

La montaña mágica. Thomas Mann. Edhasa.

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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