Todos los libros de Jorge Luis Borges. Primeros textos (I): Manual de mitología griega. La visera fatal

Borges niño

En la vida de Jorge Luis Borges se dio una paradoja muy de su gusto: por un lado, una precocidad nada habitual en el mundo de las Letras (al contrario de lo que suele ocurrir en el ámbito de la música); por otro lado, una fama internacional que le llegó muy tardíamente, con más de 60 años de edad, teniendo en cuenta que fue el escritor que cambió para siempre el devenir de la Literatura Hispanoamericana. Si bien los primeros textos de Borges no pueden considerarse más que como una mera anécdota, existe toda una mitología acerca de ellos, ya que no están disponibles en libro y la única forma de acercarse a ellos ha sido de una forma más conjetural que real por parte de sus seguidores.

Esto se debe, en buena parte, a ese afán de crear entre un autorretrato y una automitografía que le fue dado cuando empezó a darse a conocer en Francia y Estados Unidos y comenzó a conceder una larga serie de entrevistas, muchas de ellas recogidas en libro y otras plasmadas en programas de televisión, que se han convertido por sí mismas en un género borgiano, único -que yo recuerde- en la Literatura.

Su facilidad para transmitir sabiduría oralmente, unido a una cierta teatralidad en las formas (prácticamente declamaba, aunque eso también se debía a su tartamudez, no siempre controlada) lo condenó a contestar miles de preguntas que, inexorablemente, llevaba a su terreno de manera que las respuestas eran siempre casi idénticas, actitud necesaria para crear un personaje, Borges, tan distinto al Jorge Luis Borges que paseaba casi todos los días por las calles de Buenos Aires.

Detrás de esta automitología estaba su madre, ya muy anciana, orgullosa de su hijo, también anciano, con el que convivió toda su vida y que guio sus pasos no solo por motivo de su ceguera sino también como madre de artista, un artista en este caso aparentemente desvalido. Fue ella la que comenzó a mostrar a quien quisiera verlos aquellos primeros textos infantiles de Borges, como una especie de reliquia sagrada que no saldría a la luz pública pero que atestiguaban y demostraban el talento de su hijo desde su más tierna edad.

Queremos suponer que Jorge Luis Borges, el hombre, hubiera evitado hablar de aquellos primeros ejercicios literarios a causa de su pudor y su timidez, y de hecho cuando le preguntaban por ellos contestaba con una resignada ironía acerca de su insignificancia, pero la cuestión es que biógrafos y especialistas en su obra quedaron prendados de su precocidad, acaso para inflar aún más su exégesis, ya de por sí suficientemente propagada y manipulada por el propio escritor.

Aunque su madre, Leonor Acevedo, indicó a algún biógrafo que el primer escrito que compuso Borges a los cuatro años se tituló Tigre León Papá Leopardo, para la historia queda establecido como primer texto del futuro genial escritor un Manual sobre mitología griega escrito en inglés, cuando tenía 6 años. Si bien en sus primeras entrevistas permitió que se hablara de él como un “ensayo”, posteriormente corrigió tal pretenciosidad para indicar que simplemente era un breve compendio de dioses y héroes griegos sin ningún tipo de juicio acerca de ellos.

Las dos primeras páginas del manuscrto del Manual de mitología griega, escrito por Jorge Luis Borges en inglés con ocho años

De este primer texto dio noticias en su muy tramposo de 1970 Ensayo Autobiográfico, en Estados Unidos, al comienzo de su largo camino hacia la gloria:

“Comencé a escribir cuando tenía seis o siete años. Procuré imitar a los escritores clásicos españoles: a Miguel de Cervantes, por ejemplo. Había compuesto en mal inglés una suerte de manual sobre mitología griega, sin duda filtrada de Lemprière. Ésa puso haber sido mi primera aventura literaria.”

Un año antes, en 1969, en una entrevista concedida en Estados Unidos a Richard Burgin y recogida posteriormente en libro, subrayó otros detalles algo más humanos:

“Borges: Comencé a escribir cuando era niño. Hice un manual en inglés, de unas diez páginas, sobre mitología griega, en un inglés muy torpe. Eso fue lo primero que escribí.

Burgin: ¿Quiere usted decir una “mitología original” o una traducción?

Borges: No, no, no, no. Era solo decir, por ejemplo: “Hércules emprendió doce tareas”, o “Hércules mató al León de Nemea”.

Burgin: Así que debió haber leído esos libros cuando era muy niño.

Borges: Sí, desde luego. Me gusta mucho la mitología. Bien, eso era nada, era… debió haber tenido unas quince páginas, con la historia del Vellocino de Oro y el Laberinto y Hércules, que era mi favorito, y después algo sobre los amores entre los dioses, y la historia de Troya. Eso fue lo primero que escribí. Recuerdo que fue escrito con una letra muy pequeña y trabada, porque yo era muy corto de vista. Eso es todo lo que le puedo decir al respecto. Creo que mi madre conservó un ejemplar durante un tiempo, pero como viajábamos por todo el mundo, el ejemplar se perdió, y está bien que así haya sido, desde luego, porque no teníamos gran opinión sobre eso, excepto por el hecho de que lo hubiera escrito un niño.

No pasan desapercibidas ciertas afirmaciones vertidas en este fragmento: la desmitificación de aquel primer texto, que no se corresponde a la realidad, puesto que las fotografías que se conservan de él indican un texto de mayor complejidad a la comentada en la entrevista, y también el hecho de que el ejemplar se perdiera fruto de sus muchos viajes por el mundo, lo que implícitamente significa que la madre (era quien conservaba el ejemplar) lo iba llevando consigo, como decíamos, como una reliquia debidamente mostrada ante un público escogido que ella sabía que promocionaría esa especie de devoción por Borges que con habilidad maternal supo crear.

Como puede verse en la imagen de más arriba, dicho texto no se perdió sino que fue conservado por doña Leonor y después ha sido reproducido por el sobrino de Borges en un libro sobre fotografías que viene a completar esa mitografía del escritor que él supo alentar en sus últimos años.

No debe pasarnos desapercibido que en ese breve manual de mitología ya está uno de los temas favoritos de Borges: el Laberinto. Y junto al Laberinto, el Minotauro, que también aparecerá con cierta recurrencia en su obra. A esto habría que unirle los dibujos  de tigres que de pequeño hacía Borges y que también han sido reproducidos gráficamente. De alguna manera, las obsesiones del autor fueron después exhibidas por la obsesión de su madre por crear un mundo literario cerrado de su hijo que partiría desde su infancia.

Tigre dibujado por Borges con cuatro años. «Aún se conserva un libro suyo de cuentos y rimas infantiles en inglés, cubierto en los espacios blancos por unos tigres informes, elásticos, de patas divergentes, cuyos rasgos más notables son los dientes y las rayas» (Alicia Jurado en: Genio y figura de Jorge Luis Borges.

En un plano más estrictamente literario, Borges también dio noticia de su primer cuento, La visera fatal, escrito entre los siete u ocho años. En su conversación con Burgin recuerda que tras haber leído uno o dos capítulos del Quijote:

Intenté escribir en castellano antiguo. Lo que me salvó de intentar hacer lo mismo quince años más tarde, ¿no? Puesto que ya había intentado el juego y fracasado en él”.

De este cuento se perdió el original, de modo que solo sabemos de él por su madre, al que se refirió como “un cuento corto, en español antiguo, de unas cuatro o cinco páginas de largo”. Si creemos a su amiga Victoria Ocampo, el relato estaba escrito “en un estilo similar al de La gloria de don Ramiro”, para después agregar: “En ese cuento las personas no morían: partían”.

Recordemos a los lectores que La gloria de don Ramiro fue una novela publicada en 1908 por Enrique Larreta y que tuvo un éxito extraordinario. Escrito en un castellano arcaico y engolado, no sería extraño que influyera en el niño Borges, acaso más influenciable por un escritor contemporáneo que por Cervantes, autor que se nos antoja más difícil de asimilar en una criatura tan joven.

Esto además conecta con otra de esas boutades tan propias de Borges (y de las que está plagada su obra) según la cual él leyó Don Quijote primero en inglés, y cuando más tarde cayó en sus manos el libro en el idioma original de Cervantes, le pareció “una mala traducción”.

La visera fatal, Cervantes, el Quijote leído en inglés antes que en castellano, Cervantes visto como un mal traductor de sí mismo… Quiero pensar que en este recuerdo de su primer cuento Borges nos quiso gastar una de sus múltiples bromas intelectuales que nos llevaría finalmente a uno de sus primeros y más célebres cuentos, Pierre Menard, autor del Quijote.

Lo que sí es cierto es que el pequeño Borges se crio rodeado de libros, en aquella «ilimitada biblioteca de libros ingleses» que tantas veces recordó a lo largo de su carrera. «Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre«, escribiría Borges en su Autobiografía. En vez de amigos, al niño Jorge Luis le dieron libros. Sus padres habían marcado su futuro literario desde el día en que nació. Su bilingüismo natal haría el resto.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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