Travesti. John Hawkes: El diseño y el caos

Travesti, de John Hawkes. Reseña de Cicutadry

Hay escritores que son minoritarios por decisión propia. Al escritor norteamericano John Hawkes no lo movió la búsqueda de prestigio literario ni, por supuesto, el interés económico, y eso se nota claramente en sus libros. Una novela como Travesti, de 1976, no sería una obra maestra si su punto de partida argumental, tan atractivo, hubiera sido tratado con vistas a ser aceptado por el gran público.

Marginalidad y literatura

Aunque fue autor de cerca de 20 novelas, John Hawkes solo ha visto traducidas tres de sus obras al castellano: El caníbal, La pata del escarabajo y Travesti. Estas tres novelas forman lo que se ha denominado Trilogía del sexo, denominación que él jamás acuñó y que dice bien poco del contenido de estos libros.

Hawkes demostró que un autor, cuando concibe su obra, puede elegir entre el camino fácil de la popularidad –que nunca es seguro, pero que sí tiene sus reglas propias- o el de la marginalidad, y eso en un país como Estados Unidos tiene su precio.

La concepción de su literatura, como la de otros escritores más o menos coetáneos –William Gass, John Barth, Roland Barthelme o, en menor medida, Thomas Pynchon- es la de ser un juego con el que el autor se divierte descubriéndolo mientras escribe y el afortunado lector se divierte mientras lo lee.

John Hawkes se divirtió explorando subgéneros como el western, la novela de aventuras, la serie negra o el drama bélico para extraer en cada uno de sus libros una conclusión mucho más seria de la que podría aparecer en primera instancia. Por ejemplo, Travesti es, en apariencia, la historia de un asesinato cometido a sangre fría, pero como veremos, es mucho más que eso.

Un argumento genial y delirante

El argumento de Travesti es bien sencillo: una noche, en un pueblo del sur de Francia, un hombre conduce su coche acompañado de su hija de 25 años y del amante de su mujer y de su hija. Ese hombre tiene la intención de estrellar el coche contra un muro, con los tres ocupantes dentro, y conduce a toda velocidad por las carreteras vecinales próximas al pequeño castillo donde su esposa duerme tranquilamente esperándolos.

La novela es el largo monólogo del conductor mientras que se dirige al lugar donde los tres ocupantes del coche van a morir. En definitiva, un suicidio / asesinato en directo. La obra se tarda en leer, aproximadamente, una hora y cuarenta minutos, que es lo que el propio conductor dice que tardarán en estrellarse. En este caso, el lector opera como una cámara cinematográfica que rodara los últimos momentos de esas tres personas abocadas irremisiblemente a la muerte por voluntad de una de ellas.

El acto de morir

Podría pensarse que el protagonista ha ideado una muerte tan horrible por un motivo de celos. De hecho, el ocupante que lleva a la derecha es el amante de su mujer desde hace años, y ahora lo es también de su hija.

Naturalmente, John Hawkes no es tan trivial. Lo que para otros sería un acto brutal, para su personaje es un acto poético. Toda la novela es la explicación de ese acto que pone lógica al caos de la vida.

No es casualidad que la novela comience con una cita extraída de La caída de Albert Camus. De hecho, este largo monólogo que conforma Travesti es muy parecido al del personaje de Camus en la citada obra: un hombre que se pregunta por el absurdo de la existencia desde una posición poco filosófica.

El absurdo de la lógica humana

Lo que pretende el protagonista –y por ende, el escritor- es darle la vuelta a la lógica humana frente a la muerte.

El coche que pasa de largo ante el chateau que debería ser su destino; las inconfundibles marcas de neumáticos que atraviesan el viaducto; el giro incomprensible; la tremenda velocidad a la que se produce el impacto; el fallo de la autopsia a la hora de encontrar el más mínimo rastro de alcohol en el cadáver del conductor… ¿Qué pensarán? ¿Qué ofrecerán como explicación posible? (…)

Ese es el precisamente el objetivo, puesto que lo que está sucediendo debe carecer de sentido para todos salvo, posiblemente, para los ocupantes del coche. Durante la siguiente –déjeme ver- hora y cuarenta minutos, según el reloj del salpicadero, será cosa de nosotros tres extraer todo el provecho posible a esta experiencia.

Esas tres personas van a morir de una forma inexplicable, absurda, a los ojos de los demás, puesto que un accidente de automóvil debe tener esa pizca de azar, de mala suerte, de circunstancias adversas, que lo explique. ¿Pero que es la muerte individual en realidad? Algo que, no por menos inesperado, sigue siendo inexplicable: nadie sabe ni el momento ni las circunstancias de su muerte, y cuando ésta ocurre, siempre supone una sorpresa, incluso el suicidio, puesto que momentos antes de que el suicida decida acabar con su vida, no sabía que ese sería su último destino.

Una poética disfrazada

El escritor asturiano Jon Bilbao, traductor y autor del postfacio de la novela, apunta a otra motivación bien diferente en John Hawkes a la hora de escribir Travesti: sería una exploración de su personal visión de la literatura.

No en balde el aterrado ocupante del coche que es amante de las dos mujeres en la vida del conductor, también es poeta, un poeta de los que podríamos catalogar de malditos, cuya pose pone en evidencia el personaje principal en su largo monólogo.

Apunta muy inteligentemente Jon Bilbao:

El poeta comprende lo que se le dice pero se le priva de voz y sus réplicas son fácilmente rebatidas, una tras otra. Porque Henri (el poeta) ejemplifica el tipo de autor al que John Hawkes menospreciaba: el amigo de exhibirse y de la afectación ensayada, el asiduo a las corridas de toros, cuya mayor obra es el personaje que ha construido para sí. Se las da de hombre de mundo, de estar de vuelta de todo, pero su experiencia vital es superficial, no como la del hombre que lo ha secuestrado esa noche y junto al que se encamina hacia la muerte.

Este poeta que va de maldito ha estado internado en un sanatorio mental, de cuya instancia ha sacado provecho para lustrarse con un mayor prestigio, pero curiosamente es el conductor del coche, su amigo, el que debería internarse en un sanatorio, y en lugar de ello, trata de comprender su existencia, o aún más, la existencia humana, cometiendo un acto extremo en que la brevedad del tiempo que le queda exige la lucidez total.

También apunta Jon Bilbao a una indagación del escritor norteamericano en cuanto a lo que supone la creación literaria (que sería como ese mortal viaje que solo comprende el conductor) y el público, que asiste desde fuera y que solo podrá entender retazos de las pretensiones del autor.

Consecuencias de una obra maestra

En cualquier caso, sea cual sea la interpretación de esta obra maestra, Travesti, en su brevedad y también en su intensidad, es una novela que admite múltiples lecturas –sin descartar la simple lectura ociosa-, y esto es algo que agradece el lector cultivado, harto de que los novelistas le den todo hecho y masticado.

En definitiva, Travesti es una obra que se agradece por parte de los lectores que no solo aspiran a divertirse con lo que le cuenta una novela sino que también se divierten contándose a sí mismos lo que les sugiere un texto literario.

Y una última advertencia (y perdón por el posible spoiler): no busquen un travesti en la novela; no lo hay. Solo es una forma que tuvo John Hawkes de decirle al lector que no se cree expectativas sobre un libro, ni siquiera desde el título, tantas veces tan engañoso como prometedor. Léanlo y pongan ustedes mismos el título, si les apetece.

Travesti. John Hawkes. Meetok

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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