La caída, de Albert Camus: el juicio eterno.

Portada de La caída, de Albert Camus

Hay un conocido pasaje del Evangelio de San Juan que dice: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». El tema de La caída, posiblemente la novela menos conocida de Albert Camus, es el de esa frontera que separa la inocencia de la culpabilidad. Camus nos lleva con esta obra a un planteamiento ético (como en toda su obra) que pone en entredicho todos los pilares que parecen sostener la existencia: la justicia, el amor, o la verdad, por medio de una confesión que, a lo largo de poco más de cien páginas, deja al lector con una sensación de desasosiego.

La caída es la tercera novela del escritor Albert Camus y la última que llegó a publicar en vida pues, debido a su prematura muerte en un fatal accidente de coche, dejó un par de obras inconclusas. Esta obra constituye uno de los referentes más importantes de la literatura existencialista y, de un modo más preciso, de la filosofía del absurdo que ocupó toda la obra de Albert Camus y que trataba de explicar la condición humana y su incapacidad para trascender y hallar un sentido de la vida. El escritor nos habla del propio absurdo como razón y significado de la existencia, pero también de la necesidad de la dignidad y la fraternidad humanas.

La caída es una novela corta, pero pese a la brevedad de su extensión, es una obra que conviene leer despacio, ya que, como todos los libros de Camus, tiene un trasfondo muy profundo y cada página se encuentra plagada de una simbología con una profunda significación. Pero La caída no solo destaca por su simbolismo, sino también por la altísima calidad de su prosa, no exenta de lirismo.

El juicio eterno de La caída

Temporalmente, La caída transcurre después de la Segunda Guerra Mundial. La historia tiene lugar principalmente en un bar de Ámsterdam, un tugurio al que acude gente no demasiado recomendable, llamado el Mexico City. Allí, un hombre al que jamás identificaremos ni por su nombre ni por su voz, conoce de forma fortuita a un tipo que dice llamarse Jean Baptiste Clamence, aunque poco después este admitirá que se trata de un nombre falso. Ambos simpatizan y lo que comienza con una invitación de cortesía para tomar una copa, se convierte en una auténtica confesión que se extenderá a lo largo de cinco días en los que ambos personajes volverán a reencontrarse para que Clamence le explique detalles de su vida que lo han llevado al punto de su vida en el que se encuentra. Todo el peso de la narración recae sobre Clamence, narrador absoluto que irá alternando la primera y la segunda persona, sustituyendo con este ingenioso recurso literario la necesidad del diálogo formal.

El monólogo de Jean Baptiste Clamence versa sobre diferentes temáticas. Hace referencia a su antiguo trabajo como abogado en París, un trabajo por el que, aparentemente, tenía un reconocimiento profesional y social. Según su propio testimonio, él tenía como especialidad “las causas nobles”. Sin embargo, a raíz de un hecho que le sucedió poco después de la guerra, su vida dio un giro inesperado que lo lleva a abandonar París y refugiarse en Ámsterdam ejerciendo una peculiar forma de abogacía, a la que él denomina juez penitente, con los seres más villanos y miserables que es capaz de encontrar en tugurios como el Mexico City. Se trata de una narración en la que poco a poco se va descubriendo una cara del absurdo existencial.

Nadie es inocente

Hay algunos picos narrativos, y uno de ellos está cuando Clamence cuenta cómo una noche, paseando por París, mientras cruza abstraído uno de sus puentes, oye una carcajada burlona le saca de su ensimismamiento vital. A esa risa a la que inicialmente no concede ninguna importancia sucede un hecho que es la clave de toda la novela: Clamence oye el ruido de algo que cae sumergiéndose en las aguas del Sena. Este “algo” no es otra cosa sino una persona cometiendo suicidio. La reacción del personaje y sus consecuencias, son las que determinan el rumbo de las continuas reflexiones que constituyen su nueva forma de pensar. Se trata de un detalle aparentemente absurdo que le obliga a enfrentar la vida de otra manera. A partir de entonces, es consciente del peso de su oficio, el de juzgar a los demás. Y es entonces cuando empieza a sentir que cada uno de sus detalles es también juzgado. Situación hiperbólica que le lleva a asimilar poco a poco el absurdo existencial al que se enfrenta a diario. En uno de los momentos de La caída, Camus escribe:

Si se condenara en todas partes a los proxenetas y a los ladrones, la gente honrada, caballero, se creería todo el tiempo que es inocente. Y a  mi juicio -ya estamos, ya estamos, ya llegamos al punto- es eso sobre todo lo que hay que evitar. De otro modo no habría de qué reírse.

Y para corroborar lo antedicho, escribe:

Cada cual pretende ser inocente a toda costa, aunque para ello sea menester acusar al género humano y al cielo.

El suicidio que Clamence presencia marca definitivamente al personaje. Un caso que le hace ver la mezquindad humana y le hace darse cuenta que toda la bonhomía, el éxito profesional y social del que gozaba en su vida como reputado abogado no eran más que una cáscara que ocultaba su verdadero yo, la podredumbre y la miseria humanas. Nuevamente, Albert Camus realiza un profundo e incisivo análisis de la existencia y del sentido ético de las personas. Este sentido ético lleva a plantearse al narrador sobre quién es realmente inocente en este mundo y quién tiene la facultad de juzgar a los demás.

El amor como posible tabla de salvación

Inevitablemente, Camus menciona el tema del amor, al que Clamence trata de aferrarse como una tabla de salvación. El amor, para el narrador porporciona parte de ese sentido que asegura haber perdido:

En cierto sentido [el amor] es bien singular, porque ¿a quién habíamos de responder en este mundo, sino a los que amamos?

Pero para Clamence, del mismo modo que el amor puede transformar al individuo positivamente, también lo puede llevar a degradarlo. Con indudable cinismo, Clamence se describe a sí mismo como un triunfador con las mujeres; su técnica consistía en fingir cuando estaba con ellas y escucharlas con educación y paciencia, únicamente con el objetivo de hacer que se sintieran como seres protegidos:

Las amaba, lo que equivale a decir que no he amado a ninguna (…) Por supuesto el verdadero amor es excepcional, a lo sumo hay dos o tres por siglo. Lo demás es vanidad o aburrimiento.

Para concluir de este modo, asumiendo que lo que él pensaba que era amar, no era sino una forma deleznable de su propio egoísmo:

El acto de amor es en verdad una confesión. En él grita ostensiblemente el egoísmo, se manifiesta la vanidad, o bien se revela allí una generosidad verdadera.
(…)
Busqué, pues, en otra parte el amor prometido por los libros, amor que en la vida yo nunca había encontrado. Pero me faltaba entrenamiento. Hacía más de treinta años que me amaba exclusivamente a mí mismo. ¿Cómo esperar que pudiera perder semejante costumbre?

La inconfundible prosa de Albert Camus

La temática que se trata en la novela tiene el sello inconfundible de Albert Camus. Una muestra del absurdo humano, un tejido ético que se pone a prueba tras los horrores vividos en la Segunda Guerra Mundial (que aparece referenciada de un modo sutil en unos pocos pasajes de La caída) y una fina línea que separa el bien del mal. Sin embargo, también en el estilo podemos encontrar elementos de valor.

De ese estilo, Camus utiliza el tono seco y directo del autor que ya empleara en El extranjero. Sin embargo, en La caída podemos encontrar un discurso bastante más fluido y poético. Probablemente por las propias condiciones de la obra (narrada a modo de monólogo en primera persona).

Lo que se busca con el discurso es encasillar al lector en una conclusión clara: aquella a la que quiere llevarnos Camus. No hay alternativa en su razonamiento. Poco a poco se va detallando punto por punto el pensamiento reflejado en el personaje.

Además, al existir un agente mudo, el lector se puede identificar fácilmente con él. De esta manera, uno se siente partícipe de todo aquello que está explicando el protagonista, como si realmente a quien se estuviera dirigiendo el discurso de Clamence fuera al propio lector.

Aun así, los recursos literarios son escasos. Y aunque en determinados pasajes se pueda emplear un lenguaje algo más poético, la sobriedad no llega a quebrarse en ningún momento, consiguiendo que todo el peso de la atención recaiga de forma continua sobre la propia acción del discurso.

En La Caída, Albert Camus consigue elaborar un discurso especialmente lúcido en el que se recrean sus temas principales. El absurdo de la vida, la necesidad de un razonamiento ético y la crueldad a la que está expuesto el ser humano.

La caída. Albert Camus. Alianza Editorial.

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Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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