Trópico de Cáncer. Henry Miller: La vida misma

Henry Miller 095.tropico_cancerHubo un tiempo en el que las novelas parecían componerse tan solo de palabras, de formas, de estructuras complejas y laberínticas. El Ulises de Joyce había roto con una tradición de siglos y ya la mirada del escritor era una mirada calidoscópica, hecha pedazos, de tal modo que la historia no tenía tanta importancia como la manera de contar esa historia, en la que las palabras tomaban el protagonismo sin más apoyo que su simple sentido.

Para entonces, un americano afincado en París se sienta delante de su máquina de escribir y pretende emular a sus ídolos literarios: Balzac, Dostoievsky, y sobre todo, Proust. Las palabras vuelven a su lugar natural, a ser el medio a través del cual contar una buena historia. ¿Y cuál es el origen de esa historia? Para Henry Miller (1891-1980) no hay duda: la historia que quiere contar es la historia de su vida, quizá la única historia que merezca contarse. Como su admirado Proust, elige esa parte de la historia que mejor conoce y la convierte en ficción. ¿Pero cómo convertir la propia vida en materia interesante para un libro?

Sabemos que Proust manejó el material de su vida de tal forma que fuera irreconocible incluso para sus protagonistas, pero Henry Miller quiere dar un paso más allá: sus pasos en la vida son los mismos pasos que seguimos en sus novelas. De ahí la dificultad constructiva de sus obras, la admiración que debemos sentir por ellas: no hay vidas novelescas, por muy aventureras o estrafalarias que sean: sólo hay un escritor capaz de hacerlas interesantes, que creamos la verdad de esas mentiras que, aunque estén sustentadas básicamente por la realidad, no son más que un trozo que el escritor convierte en una trama que sea digna de seguirse con atención por parte de sus lectores.

Así, en 1934, Henry Miller termina la redacción del primero de sus libros, Trópico de Cáncer. Visto desde la lejanía, al lector actual puede resultarle un empeño pueril, pero para el momento en el que la escribió, esa novela contiene un aliento de vida, de realidad, de verdad, que no tiene parangón entre las novelas que se producían entonces. Presenta la vida tal como era, sin tapujos, descarnadamente, sin el más mínimo brillo en las vidas que presenta. No sólo la suya, sino la de los demás personajes, que se arrastran sin sentido por un París de bajos fondos y francachelas nocturnas.

Fundamentalmente, lo que nos presenta Henry Miller es la vida de un escritor en ciernes llamado Henry Miller, harto de la hipocresía norteamericana, malviviendo en los lugares más ingratos de París, con el único propósito de ser escritor, de escribir una novela que le sirva de sustento para escribir una nueva novela. Es decir, un hombre entregado a su vocación, y también reacio a cualquier trabajo o labor rutinaria, corriente, sujeta a unos horarios o a unos jefes.

Henry Miller es un personaje libre, absolutamente libre, que prefiere morirse de hambre antes que entrar por el embudo de la vida burguesa. Es eso que podríamos denominar un artista, enclavado en uno de los pocos lugares, París, que puede producir ese tipo de personas que pretenden subsistir exclusivamente de su talento.

Ya no sólo es el escritor que malvive, ni sus amigos, que como él gastan su vida inútilmente entre alcohol, charlas y putas: hay otro elemento fascinante en esta historia: la propia ciudad, París, que parece alimentar ese apetito de convertir la propia vida en una obra de arte:

París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos. Y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado.

Efectivamente, en Trópico de cáncer, París es como una puta, pero además es una puta con purgaciones, una puta que te deja el veneno dentro de tu cuerpo y después se va con otro hombre, hasta que asqueada vuelve a tus brazos como si fuera una novia. Es una ciudad donde la vida se rebaja hasta niveles mínimos y a la vez te ofrece todo el esplendor que cabe esperar de una gran ciudad. Y además es la ciudad que ofrece todo el material que necesitas para escribir una buena historia, porque está llena de esos personajes que hacen inolvidable una buena historia.

Mucho se ha hablado de la reiteración del sexo en las obras de Henry Miller, pero tal vez sea un elemento necesario para que comprendamos su forma de entender la novela: el sexo es uno de los elementos que componen la vida, tan necesario para Miller como comer o beber. A sus personajes los vemos comer, dormir, hacer todos los actos comunes del ser humano, y como ellos, también los vemos retozar en la cama, desear, jugar al divertido juego del sexo.

En ese París que nos presenta Miller no hay sitio para muchas cosas, sino para lo más básico de la vida. Sus personajes deambulan también por lo más básico y miserable: la necesidad de comer al menos una vez al día, de encontrar un lugar para dormir, siempre sin dinero, siempre sableando aquí y allá, y cuando quieren encontrar un momento de relajación en sus vidas, beben, discuten en la terraza de un bar, y cuando pueden, buscan a una puta con las que alegrar por un momento esas vidas miserables, y compartirlas con seres tan miserables como ellos.

Todo ello converge en una novela que podría considerarse sórdida si no fuera porque está atravesada por un aire de libertad, de alegría, que convierte la historia en un auténtico festín para los sentidos. Y todo ello contado con un sentido del ritmo envidiable y una profundidad en la caracterización de los personajes que los hace tan reales como seguramente fueron en la vida misma. Ahí se encuentra la gran virtud de esta novela: parece que no hay engaños, que todo lo que cuenta fuera verdad. Sólo Henry Miller sabe qué le debe a su propia experiencia en esta novela fascinante.

Trópico de Cáncer. Henry Miller. Edhasa.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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