Hawthorne. Henry James: El último americano puro

hawthorneEn 1879 Henry James tenía treinta y seis años; había escrito dos novelas largas, cuatro novelas cortas, veinte cuentos y más de doscientos artículos y crónicas. Estaba satisfecho de su decisión de quedarse a vivir en Inglaterra y el éxito parecía sonreírle por primera vez. El año anterior había publicado Daisy Miller y estaba a punto de comenzar la que él sabía que sería su novela más ambiciosa hasta la fecha, El retrato de una dama. La editorial MacMillan le dio la oportunidad de escribir una monografía para su prestigiosa serie English Men of Letters y James decidió tomar la figura de Nathaniel Hawthorne, no solo porque le pareciera el mejor escritor norteamericano hasta la fecha, sino porque le parecía el único escritor norteamericano que merecía ser recordado. Con esta intención nació Hawthorne, una de las dos biografías que escribiría en toda su carrera.

Indico todo esto porque toda buena biografía dice más del propio autor del libro que del biografiado, y en el caso de esta obra, la presencia de James -y la pujanza de su relativa juventud- se hizo notar de una forma abrumadora. Ya el hecho de que Hawthorne fuera el único candidato para su mirada crítica dice mucho de la posición que James tomaba respecto a la literatura norteamericana. Otra cuestión fundamental es que la vida de Hawthorne tenía bastantes coincidencias con la de Henry James: ambos habían nacido y crecido en Nueva Inglaterra; con las debidas distancias, habían bebido de las mismas fuentes del puritanismo y las fuertes convicciones morales, y los dos habían vivido en el extranjero, en particular en Inglaterra e Italia. Sin embargo, estas experiencias los había llevado a transitar por caminos bien diferentes.

Aunque a los lectores de ambos artistas nos pueda parecer impensable, Hawthorne y James fueron contemporáneos. El propio James recuerda, de niño, la publicación de La letra escarlata, y si Hawthorne hubiera vivido lo suficiente (murió en 1864, a los 59 años) hubiera conocido el éxito de su joven compatriota. Podemos poner en el haber de James la sagacidad de sus juicios con la breve perspectiva que tenía, pero también podemos decir que arruinó -en parte- tan acertado juicio crítico con su propia visión de la literatura.

Como sabemos, Henry James fue un temible defensor de llevar la realidad al arte. Ahora no nos atreveríamos a decir que Hawthorne no fuera un escritor realista si entendemos la realidad como el conjunto de hechos y sentimientos que rodean al ser humano. Si por algo destaca, por ejemplo, La letra escarlata es por la descarnada visión con que el autor describió los terribles acontecimientos de Salem, y lo mismo podríamos decir de muchos de sus cuentos. Lo que James tal vez no entendió es que la moralidad y la severa mirada de Hawthorne lo acercaba más a la alegoría que al relato de costumbres.

Quede claro que en esta biografía James defiende las novelas de Hawthorne con un buen gusto exquisito y un ecuánime juicio estético. Para él, Hawthorne representa la cima de la literatura norteamericana y su admiración por él está fuera de toda duda. Como hombre, es una persona leal con sus amigos, solitaria, sencilla, muy perceptiva de los pequeños detalles. Desde su juventud llevó unos diarios que lo retratan mejor que la mejor de las biografías. Es un norteamericano de los pies a la cabeza, demócrata, culto, trabajador, con ideas muy progresistas para su tiempo.

No es casualidad que James se detenga especialmente en los años en que Hawthorne fue a vivir a Brook Farm, una colonia de intelectuales que sobre unos ideales socialistas pretendía crear una sociedad mejor basada en una inquebrantable fe por la humanidad. Cuando aborda esta experiencia comunitaria, James comienza a enseñar sus contradictorias cartas: si antes había criticado el ambiente opresivo de Boston y de Nueva Inglaterra, después ironiza con las pretensiones de prosperidad de la colonia. Digamos que ve en estos intelectuales unos moralistas que han cambiado unas costumbres por otras, pero que siguen apegados a las estrictas convenciones de los Estados Unidos.

Lo que tal vez no perdona James es que Hawthorne tuviese la posibilidad de abrirse al mundo y no lo hiciera. Después del éxito de La letra escarlata, y por mediación de su íntimo amigo Franklin Pierce, al que ayudó a ser presidente de los Estados Unidos, logró una plaza de cónsul en Liverpool. Este feliz hecho -para Henry James- no lo aprovechó Hawthorne, que pasó un infierno en tierras inglesas. Para huir de él, llegó a Roma en invierno, y el infierno se duplicó. No entendió el carácter de los italianos y solo una breve estancia en Bellosguardo, en una colina sobre Florencia, le procuró las horas más agradables de su estancia europea. Da la casualidad de que en ese mismo lugar, Bellosguardo, James también vivió una de las mejores etapas de su vida.

Da la impresión de que el autor reprocha a su biografiado que pudiendo haber sido la voz de los norteamericanos en el extranjero, no se arrogara tan alto privilegio. Hay un fragmento en esta biografía que más tarde le daría muchos quebraderos de cabeza a James: después de leer atentamente los diarios de Hawthorne -que exclusivamente contenían pequeños detalles de su vida cotidiana, sin mayor pretensión literaria- Henry James se escandaliza de lo que no contienen, y así lo hace notar ante sus lectores:

El lado negativo que Hawthorne se encontró de frente, en sus paseos y fantasmagorías contemplativas, podría ser considerado como ridículo, si pudiéramos hacer una lista de los elementos que constituyen la adelantada civilización en otras naciones y de las cuales está privada el tejido de la vida americana. Ningún Estado, en el sentido europeo del término, y en efecto apenas un nombre nacional específico. Ningún soberano, ninguna corte, ni lealtad personal, ni aristocracia, ni iglesia, ni clero, ni ejército, ni servicio diplomático, ni palacios, ni castillos, ni casas solariegas, ni antiguas casas de campo, ni rectorías, ni casitas con techo de paja, ni ruinas cubiertas de hiedra, ni abadías, ni catedrales, ni pequeñas iglesias normandas, ni grandes universidades, ni escuelas públicas, ni Oxford, ni Eton, ni Harrow, ni literatura, ni novelas, ni museos, ni cuadros, si sociedad política, ni clase apasionada por el deporte… ¡Ni Epsom, ni Ascot! De todas las cosas ausentes de la vida americana -y en particular de la vida americana de hace cuarenta años- se podría hacer una lista como ésta.

Como es natural, fragmentos como éste calaron mal en los lectores norteamericanos. A eso hay que añadir la continua alusión a “la vida provinciana” de Nueva Inglaterra y al provincianismo del propio Hawthorne. Hay que advertir que el término provinciano casi nunca es utilizado de forma peyorativa, sino como un compuesto de sutil perspicacia e ingenuidad, como una vaga fragancia natural, un perfume de la pureza, de la cortesía y de la integridad que, según declara James, le produce una intensa fascinación. Él mismo lo había vivido en su niñez y juventud, y su padre fue un ejemplo perfecto de puritanismo y sencilla felicidad; es decir, que Henry James sabía de lo que estaba hablando.

Como digo, estas opiniones fueron tomadas como arrogantes por los lectores norteamericanos, no así por el público inglés, que acogió con éxito la obra. Hawthorne es una biografía muy peculiar: por un lado, está la escrita por un autor que se está abriendo camino en la literatura y que trata de imponer sus postulados con excesivo ímpetu; por otro lado, hay un análisis que podríamos considerar como muy actual acerca de la figura del escritor norteamericano.

Leído hoy, a este estudio no se le puede cambiar ni una coma, porque la figura de Hawthorne representa ese tipo de escritor muy influido por la sociedad de su época, no excesivamente imaginativo, duro en sus expresiones, difícil de leer por cuanto su literatura nos queda un poco alejada en el tiempo, algo así como poco fresca. Henry James ya lo vio de esta forma pocos años después de la muerte del escritor, aunque lo considerara -como también lo es hoy- un gigante de las letras norteamericanas. Con esta biografía, James cerraba un capítulo de su vida y se disponía a emprender su imponente carrera literaria: había ajustado sus cuentas con el pasado, con la tierra que lo vio nacer y en la que desde joven ya se sentía un extranjero: Henry James habla de Hawthorne como si éste hubiera sido originario de un país exótico.

Hawthorne. Henry James. Casa Editrice Marietti.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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