La isla inaudita, de Eduardo Mendoza: La última novela bizantina

La isla inaudita de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

La isla inaudita fue la quinta novela publicada por Eduardo Mendoza, en 1989, y la primera cuyo marco geográfico no corresponde a Barcelona, si bien el personaje protagonista es catalán. Se trata de una obra en apariencia extraña dentro de la carrera literaria de su autor, pero un examen detenido de la novela nos lleva a la conclusión de que, tal vez, sea una de sus obras más personales y características de entender la literatura.

Una novela sencilla

El punto de partida de La isla inaudita es de una gran sencillez. Una mañana, Fábregas, un empresario barcelonés mediocre, decide abandonar todo y largarse de la ciudad sin rendir cuentas a nadie. En principio se dirige a París, pero pronto su socio lo localiza y le da la tabarra para que entre en razones y regrese. Después de pasar por varias ciudades, decide esconderse en Venecia, alojándose en un hotel de cierto prestigio.

El lector atento comprende con este sencillo comienzo que existe una paradoja en ese modo de esconderse de Fábregas: si es posible localizarlo en París, cuánto más fácil sería hacerlo en Venecia, ciudad bastante más pequeña. Pero es que la Venecia que nos presenta Mendoza en La isla inaudita está cargada de simbología. En este caso, el símbolo que se le atribuye a la ciudad es el del aislamiento y el del laberinto. Parece la ciudad perfecta para esconderse, aunque ciertamente el uso del teléfono desbarate esta creencia.

Pero es que esta Venecia, que Fábregas verá casi hasta el final del relato como un turista, está despojada en La isla inaudita de todos sus encantos. Aunque el protagonista intenta visitarla como turista medio, no lo consigue. Apenas si en la novela aparecen nombres propios de plazas, puentes o monumentos mundialmente conocidos. En definitiva, Fábregas no logra un objetivo en apariencia tan sencillo como visitar Venecia.

Onirismo y Kafka

El lector se da cuenta pronto que lo que ve Fábregas en Venecia no es lo que ve un turista al uso. La aparición de personajes estrafalarios solo es el comienzo de una serie de episodios, circunstancias e individuos que parecen sacados de una pesadilla. La propia Venecia, nada más llegar Fábregas, se ve pronto inundada por un temporal, fea, desangelada, inaccesible.

Entonces, el lector avezado descubre que el comienzo tan sencillo y directo de esta novela se corresponde a los comienzos sencillos y directos de Kafka. No sabemos por qué Fábregas decide huir de Barcelona, de su trabajo, de su familia y de sus amigos. Es más: nos sabremos nada de ellos. Como decimos, se esconde en Venecia en un hotel prestigioso y consigue –al menos al principio- su cometido, cuando no lo ha logrado antes en París. Y trata de visitar la ciudad, pero por una circunstancia u otra, no lo consigue. Es curioso que la única vez que logra entrar en la Basílica de San Marcos es cuando las limpiadoras están trabajando en ella al final de la jornada, situación harto improbable en la realidad.

La aparición de la otra protagonista de la novela, María Clara, tampoco puede ser más sencilla y repentina. Aparece a su lado de una manera inopinada, sin quererlo ni buscarlo, y la chica persiste en acudir a su hotel todas las mañanas para enseñarle la ciudad, sin motivo. La Venecia que visita Fábregas junto a María Clara está muy lejos de ser la conocida por todos. Más bien es una Venecia inventada por Mendoza, llena de historias truculentas de santos, reuniones heréticas, iglesias medio derruidas y locales poco recomendables. Lo que Venecia tiene de inaudita lo otorga Eduardo Mendoza con una narración en muchas ocasiones onírica e irreal.

Una novela bizantina

Reconozco que las apreciaciones que vienen a continuación le importarán bien poco al lector medio, pero tal vez al seguidor de Mendoza le pueda resultar de interés. Y es que tras la fachada de una novela aparentemente sencilla, Mendoza acudió a uno de sus recursos estilísticos favoritos: los modelos narrativos clásicos. La verdad sobre el caso Savolta está lleno de ellos; El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas son novelas picarescas actualizadas con un cierto regusto cervantino.

Para escribir La isla inaudita acude a un modelo absolutamente desfasado, pero que, actualizado parece dar excelentes frutos: la novela bizantina. Lo de menos es valorar si se ajusta más o menos al modelo clásico. En Eduardo Mendoza la cuestión siempre es mucho más personal: ¿por qué un escritor de finales del siglo XX elige un tipo de narración que dejó de existir en el siglo XVII? La respuesta la venimos dando en esta serie de reseñas sobre sus libros: porque Eduardo Mendoza disfruta de una libertad a la hora de escribir que no tiene parangón en la literatura española.

En concreto, el modelo elegido es Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Cervantes. No es de extrañar que Mendoza vuelva a acudir a Cervantes puesto que sus personajes –por ejemplo, su conocido detective orate- hablan en un lenguaje cervantino que nada tiene que ver con el actual.

Para quien no lo sepa –y atención al spoiler-, diremos que la novela bizantina fue una narración de aventuras inverosímiles que seguía el siguiente esquema: dos amantes se encuentran, nace una atracción entre ellos, encuentran graves obstáculos que le impiden desarrollar su amor –neoplatónico, es decir, casto y puro- hasta que al final consiguen realizar su deseo. Es fundamental que este final feliz se produzca por anagnórisis, esto es, por la aparición de un hecho o dato que era desconocido para uno de ellos y, en cualquier caso, para el lector.

Una novela de cuentos

Para quien haya leído La isla inaudita reconocerá en su trama este modelo literario. De hecho, en la novela de Mendoza los personajes protagonistas, Fábregas y María Clara, no tiene profundidad alguna, sino que solo son vehículos personales a los que le ocurren cosas, aventuras y circunstancias inverosímiles. En particular, el empresario catalán no busca una identidad perdida en su huida a Venecia, ni se reencuentra allí con su pasado, ni busca un futuro. Otra cuestión curiosa es que, a pesar de la evidente atracción entre ambos –que culmina en un final feliz- no hay un solo gesto sexual entre ellos, circunstancia tan propia de la novela bizantina.

Como indicábamos, Fábregas se limita a ir de un lado para otro, siempre desorientado, primero solo y después acompañado por todo tipo de personajes estrafalarios, ubicados en lugares inverosímiles. Y en cada lugar, en cada circunstancia, siempre hay un personaje que le cuenta a Fábregas su vida, o una pequeña historia, a la manera más clásica que existe: “…y este fue su relato: …”

Para hacerlo aún más extraño, más inaudito, estos relatos suelen contener algún elemento fantástico o poco creíble, que si bien Fábregas no detecta al principio, finalmente queda convencido de que lo que le han contado es una sarta de mentiras. La sucesión de relatos contados por personajes es continua, de tal modo que la novela, sin estos relatos, quedaría en nada. 

Un tono de irrealidad

Todo esto crea un clima de irrealidad que es el tono general de La isla inaudita. A Fábregas le ocurren muchas cosas en Venecia, pero él no hace nada por que le ocurran. En todo momento es un actor pasivo, y si tiene suerte, como sucede con su aventura con una gran dama de la música que termina en su lecho, lo mismo que llega esta aventura, se termina, permaneciendo impasible ante los hechos. Solo un golpe de fortuna puede llevarlo a un final feliz, y ese golpe ocurre porque así lo determina el modelo de la novela bizantina.

Es de agradecer que Mendoza acudiera a estas fuentes literarias para actualizarlas en La isla inaudita. En realidad, estos modelos narrativos eran un disparate, como por ejemplo los libros de caballerías, y el gran mérito de Eduardo Mendoza –como en su momento el de Cervantes-  ha sido el de mantener los esquemas remodelando los contenidos, haciéndolos atractivos, vibrantes, originales, inesperados. Así es La isla inaudita: una novela sorprendente, divertida e inteligente.

La isla inaudita. Eduardo Mendoza. Seix Barral.

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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