1914: La Gran Guerra sin gloria

033.Kaiser joven

¿Hay algo más estúpido que la guerra? Existen miles de razones para rechazarla pero una sola razón basta para que permanezca viva: que es tan vieja como el propio ser humano.

Si las guerras son estúpidas, la más estúpida de las que conozco acaso sea la Primera Guerra Mundial. No podemos saber si fue evitable o no, puesto que ocurrió y cualquier hipótesis al respecto naufraga en el territorio de lo insondable. Pero aparte de millones de muertos y un sufrimiento atroz, no se pueden alterar los hechos y las decisiones protagonizados por unos pocos directores de escena necios y chapuceros que jugaron a defender su honor y sus clarividentes ineptitudes con la vida de unos pueblos que nada ganaron porque desde el principio tuvieron siempre la batalla perdida.

Cuando se estudia detenidamente los principales acontecimientos de la Primera Guerra Mundial se tiene la incómoda sensación de que todo aquel disparate sucedió y se mantuvo durante cuatro años por pura casualidad, simplemente porque no hubo un solo protagonista medianamente inteligente en aquella historia. Cuando leo cualquier libro sobre esta conflagración siempre tengo ese impulso que en el cine me lleva a tratar de advertir a la confiada víctima que detrás de las cortinas está el asesino, y es que la Gran Guerra tuvo más de tragedia griega que de dignidad épica.

Incluso el momento en que se inició resulta risible: un verano, en plenas vacaciones de los grandes dignatarios. Esa calma chicha de las tardes de estío es la mejor metáfora de la aparente situación en que se encontraba Europa. Aunque, claro, los nacionalistas y los fanáticos no suelen tomarse vacaciones, posiblemente porque su menguada mente no requiera de descanso.

033.Minutos_previos_al_atentado_en_SarajevoDespués del atentado que acababa de sufrir el archiduque Francisco Fernando en su muy inoportuna visita a Bosnia, lo lógico hubiera sido protegerse en cualquier lugar hasta que las aguas se apaciguaran. La granada arrojada por Nedeljko Čabrinović había rebotado en la capota abierta de su coche oficial, caído al suelo y rodado lo suficiente para no derramar su preciada sangre azul. ¿Necesitaba el archiduque más signos del destino? Busquen y lean, por favor, la serie de circunstancias chuscas que llevaron a poner su noble cuello al alcance de apenas metro y medio de la Browning de Gavrilo Princip, que acababa de salir de comprarse un bocadillo en una tienda de ultramarinos y que se encontró por mero azar justo con la persona para quien tenía preparadas sus balas. Ni Sófocles lo hubiera escrito mejor.

Desde aquel 28 de junio hasta el comienzo del conflicto bélico transcurrió un mes, más parecido a una película de los Hermanos Marx que a otra cosa. Absurdos despachos recorren las cancillerías tratando de imponer una hostilidad que a todas luces nadie desea. La definitiva misiva que envía el káiser Guillermo II al emperador Francisco José, conminándole a que la solución correcta es proceder contra Serbia inmediatamente, ni siquiera está escrita por él, sino amañada por su canciller Theobald von Bethmann Hollweg, un hombre absolutamente gris que pensaba con ello atacar a Rusia por razones que sólo él tendría claras.

La cuestión es que a principios de agosto Alemania invade la neutral Bélgica con el propósito de adueñarse de Francia en pocas semanas. ¿En qué se basa el Estado Mayor para tamaño optimismo? En el llamado plan Schlieffen, un ataque estratégico exprés ideado para la invasión de Francia, medido a lo que puede llegar a ser un milímetro alemán e inspirado en una táctica militar del cartaginés Aníbal, que dentro de su supuesta perfección contenía un inesperado fallo: su autor, Schlieffen, había muerto un año antes y quien fue a aplicarlo, su muy poco espabilado sucesor Helmuth Johan von Moltke, lo modificó completamente incluso en contra de la opinión del propio káiser, forzando de la manera más tonta la entrada de Gran Bretaña en la guerra y venciendo, casi sin querer, a Rusia en Tannenberg, que fue algo así como el detonante que necesitaba la revolución bolchevique para despertar al vapuleado pueblo ruso. Es decir, la jugada perfecta para darse jaque a sí mismo.

033.trincheras_1916Pero es que posiblemente ni siquiera el plan Schlieffen hubiera triunfado dado que estaba previsto para un tipo de armamento más propio de siglos anteriores que de 1914. Es asombroso cómo el ser humano afila su ingenio en situaciones bélicas: por ejemplo, con el prodigioso invento de la ametralladora. ¿Quién iba a imaginarse que un ataque a campo abierto podía terminar con miles de soldados muertos por obra de unos cuantos enemigos bien pertrechados tras el fuego de una ametralladora que lanzaba 600 balas por minuto? La primera conclusión de tan estúpido olvido se llamará la guerra de trincheras, ese infierno que ha trascendido la memoria colectiva durante un siglo por su horror. Un detalle significativo del nivel de improvisación que se vivió en la Gran Guerra: los soldados alemanes comenzaron sus ataques ataviados con el famoso pickelhaube, ese curioso casco acabado en punta… y que estaba hecho de cuero (salvo su llamativo –para las balas enemigas- pincho de metal bruñido). El ejército alemán tardó años en renovar ese artilugio decorativo por un casco de acero, mucho después de que los francotiradores aliados atravesaran miles de cabezas germanas con sus balas.

A pesar de ello, los concienzudos alemanes hubieran podido llegar a París con cierta facilidad si no fuera porque dentro de un uniforme militar es muy probable que haya un botarate, en este caso el general Alexander von Kluck, que cuando se ve a menos de 50 kilómetros de la capital francesa, trata de tomar el camino más corto y se desplaza, contra toda lógica, hacia el este, dejando desarbolado su flanco derecho y yendo directamente hacia el lugar donde justo las tropas francesas acumulaban más efectivos: la conclusión de todo esto es que en lugar de llegar a París se encalla junto al río Marne, dando lugar a una terrible batalla en la que para más inri nadie venció, ya que la estrategia francesa no supo aprovechar su franca ventaja, perdida en una pueril disputa entre el comandante Joffre y el gobernador Gallieni.

033.gas-mostaza-300x300La guerra de trincheras, con su inoperancia manifiesta, dio lugar a todo tipo de atrocidades, despropósitos e ingenios alternativos para soslayarla tales como el trágico e ineficaz uso de los zepelines, la funesta aparición de los lanzallamas, la mortífera intervención de los submarinos alemanes o la tardía invención del tanque; pero hay una que destaca por encima de todas las atrocidades: como la guerra de trincheras podía eternizarse ganando palmo a palmo de terreno al enemigo (de hecho, eso fue lo que ocurrió) apareció el talento humano en forma de gas: el cloro, el fosgeno y finalmente el gas mostaza, que son capaces de atravesar la más inexpugnable trinchera con su invisibilidad letal. La guerra se convierte así en un insoportable olor a hedentina que sucede al asfixiante y agónico olor de los gases. Será el final de la guerra entre caballeros.

Verdún se constituye en otro de esos nombres que deberían encabezar la lista de las mayores estupideces de la historia. Un año de batalla sin sentido porque el general Erich von Falkenhayn alcanzó una pírrica victoria los primeros días del ataque (en realidad una irrisoria casualidad) y quiere mantener su prestigio por encima de la más mínima lógica. De ahí se derivará a una ofensiva aliada en el Somme para aliviar el brutal desgaste de Verdún. De la tumba de fango se pasa al matadero sistemático: en pocos días hay 19.420 muertos más que añadir a la nómina de los héroes. Pero hay que seguir: los generales mantienen obstinadamente posiciones y estrategias obsoletas o improvisadas de nulo efecto bélico.

033.telegramaDe 1916 a 1918 los disparates continúan, y en medio, la gran chapuza: el telegrama Zimmermann. Un inconcebible telegrama enviado por el ministro de asuntos exteriores alemán a su embajador en Méjico para que auspicie un ataque del ejército mejicano a los Estados Unidos por el sur, llega al despacho del presidente estadounidense Wilson prácticamente como si se lo hubiera entregado el propio Zimmermann en mano (a todo eso, el ejército mejicano ya tenía suficiente con luchar contra los hombres de Pancho Villa, pequeño detalle que se le pasa al dignatario alemán). Resultado de tan sonada necedad: EEUU entra en la Gran Guerra; los alemanes han conseguido justo lo contrario de lo que querían y se han echado otro enemigo encima.

Podríamos escribir páginas y páginas acumulando una torpeza detrás de otra: Gallipoli, Jutlandia, Passchendaele… Alguien podrá decir que es muy fácil hablar a toro pasado, pero la mejor demostración de que aquella guerra fue una solemne idiotez mantenida por la terquedad de unos cuantos honorables imbéciles es que, en Europa, se desarrolló en un área no demasiado amplia, estancados los dos ejércitos en el barro y la impotencia, más ocupados en enterrar cientos de miles de muertos que en avanzar frente al enemigo. Menos mal que después de cuatro años aparece por fin el tonto de remate, un genuino asno germano llamado Erich Ludendorff, que amparado en anteriores glorias y no menos pasados desaciertos, desgasta hasta tal punto a su ejército en movimientos inútiles y desesperados, que él mismo, en un momento de lucidez al que todo asno tiene derecho y más que nada por salvar el honor de que las tropas aliadas no mancillaran el sagrado territorio alemán, pide el 29 de septiembre de 1918 a su canciller que reconozca la derrota final.

De toda aquella carnicería demencial me quedo finalmente con una imagen que para mí es una de las más significativa del conflicto, aunque fuera tomada muchos años después de la primera que ilustra este texto: la imagen del káiser Guillermo II en 1941, disfrutando de una apacible vida de acomodado burgués en su invulnerable exilio holandés de Doorn, paseando tranquilamente con su familia por la calle, con su hermoso perro, ataviado con un elegante abrigo y portando un bastón de venerable anciano, pasando sin mirar por delante de un pobre acordeonista que imagino que estaba ganándose el pan en un país hambriento que había sido invadido por uno de los más insignificantes soldados de su ejército, al que no tardó en felicitar un año antes por la toma de París.

¿Y todo aquello para esto?

The Ex-Kaiser Celebrated His Birthday
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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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