Tempestades de acero. Ernst Jünger

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Parece que tanto en la literatura como en el cine hubiera un consenso general por el cual la guerra es considerada como una atrocidad humana, que si bien puede narrarse, sin embargo no debe hacerse de una forma elogiosa, aunque sea por respeto a la infinidad de víctimas que ha producido desde tiempos inmemoriales. Una cosa son los filmes o los panfletos propagandísticos que ya llevan en su seno la pobre marca de su mera coyuntura, y otra cosa es alabar abiertamente la existencia de la guerra como acto necesario.

Por eso aconsejo vivamente la lectura de Tempestades de acero (1920) aunque sea como modo de reafirmación de una forma de pensar civilizada que afortunadamente ha cobrado cuerpo en las últimas décadas. Pero no siempre fue así…

Tempestades de acero es un libro de memorias escrito por un alemán que con el tiempo llegaría a ser un afamado intelectual: Ernst Jünger (1895-1998). Este hombre, con 19 años, se presentó voluntario para luchar como soldado de las tropas prusianas en la Primera Guerra Mundial. Debió de recoger en un diario todos los acontecimientos que vivió en la contienda, desde su principio hasta el último día de servicio, porque este libro es la pormenorizada narración de lo que vivió prácticamente día a día en el frente de batalla, y digo bien cuando hablo del frente, porque todos los episodios que podría haber relatado acerca de su estancia en la retaguardia o en los días de permiso o incluso cuando se encontraba herido en el hospital, son soslayados con unas someras palabras. ¿Por qué?

Porque este libro es una decidida defensa de la guerra, un enaltecimiento de la épica militar, narrada con la aparente frialdad de a quien le ha ocurrido una serie de hechos y lo cuenta sin quitarle una coma a la realidad. Un escritor tan poco sospechoso como Andre Gidé dijo que Tempestades de acero era una obra de una buena fe, una veracidad y una honradez perfectas. En todo caso me quedo con la veracidad, incluso con la sinceridad que puede haber detrás del texto, pero pienso que la honradez tiene un componente de rectitud ética del que carece por completo el libro. No obstante, debo insistir que su lectura es más que provechosa.

Por lo que puedo referir de mi experiencia, he de confesar que al principio se siente una cierta perplejidad al leer unas palabras tan duras contadas con esa exactitud que parece confirmar todos nuestros prejuicios sobre la precisión alemana. De la perplejidad se pasa a la extrañeza, por cuanto la pretendida objetividad se torna petulancia por parte del autor, que no tiene el menor reparo en colgarse todas las medallas al mérito militar y al valor heroico que podamos imaginar. No dudo que el ardor guerrero sea una virtud en un soldado, pero hay ciertos elogios a uno mismo que van más allá de la elegancia y que Jünger traspasa continuamente, hasta el punto que uno llega a pensar cómo pudo ser que tras cuatro años de guerra, y habiendo pasado por las más sangrientas batallas conocidas, terminara su carrera militar como un simple alférez.

Ignoro hasta dónde llega la verdad en estas memorias, pero hay momentos que alcanzan el ridículo, como cuando recuerda la ocupación de pueblos belgas por la tropa alemana, a la que se le dispensa un trato amigable y agradecido por parte de sus habitantes, llegando incluso a ofrecérsele desnudas las mujeres, supongo que excitadas por el bello uniforme prusiano.

Por supuesto, en un libro en el que se supone que se cuentan los hechos tal como sucedieron, no hay lugar para consideraciones acerca de la utilidad de la guerra: él es un soldado al servicio de un ejército y punto. Aquí es donde reside el verdadero interés de la obra: en el sentimiento que puede albergar en su interior una persona que se limita a obedecer órdenes sin plantearse cuestión alguna o, cuando las da como oficial, la mentalidad que lleva a un hombre a dirigir a otros hombres hacia una muerte casi segura. Según puede deducirse de estas memorias, el sentimiento que hay tras esos actos es cero, ninguno. No obstante, para ser justos, Jünger pocas veces habla de la muerte aunque prácticamente no hay página donde no se describan los muertos que a cada paso se encuentra o caen a su lado –muertos de su propio ejército, compañeros- o los soldados enemigos que él mata y de lo cual siempre se halla satisfecho hasta la fanfarronería.

Aunque, ¿es fanfarronería que un soldado se jacte de matar enemigos? La lectura de Tempestades de acero supone un trastorno de las ideas éticas, o de la mera razón, porque en la guerra no existe la ética ni la razón, sino sólo una cosa: hay que actuar con valor y hay que matar a los enemigos. Pero no se crean que hay que matar por una cuestión de supervivencia: se mata porque para eso el alférez Jünger estaba ahí. Hay una escena en la que Jünger entra en una trinchera inglesa y se encuentra de boca con un soldado desarmado. Es la única vez que el alemán no mata a su enemigo, pero lo cuenta de una manera tan despreciativa, con tanta soberbia y superioridad, que parece que él fuera Dios dando o quitando la vida.

Sé que la guerra no es comprensible para una mentalidad normal y por eso hay que aprovechar este tipo de testimonios para entender (que no comprender) qué es lo que mueve a una persona a querer vivir un acontecimiento de estas características donde se juega lo único que tiene, que es la vida, y cómo se llega a despreciar la vida de los demás hasta extremos monstruosos.

Hay episodios que directamente son aborrecibles, propios de un hombre con instintos depredadores que son lo más alejado de la inteligencia que uno pueda concebir. Lo que inspira el espíritu de Jünger a lo largo del libro es la certeza de que lo que está haciendo es lo mejor que podría haber hecho, el orgullo de la entrega en el trabajo aunque ese trabajo sea bombardear con granadas una trinchera enemiga.

Por último, hay una lección en el texto que nos da la pista de lo que sustenta los nacionalismos y que creo que vale para todo caso: que él, Ernst Jünger, alférez del ejército alemán, es víctima de la violencia planificada y desaprensiva del ejército aliado, que actúa con una crueldad desmesurada y a todas luces gratuita. Y ese victimismo se repite hasta la saciedad a lo largo de todo el texto. Tres veces Jünger cuenta el duro destino de sendas niñas que vivían apaciblemente en sus coquetas casitas belgas hasta que la furibunda artillería inglesa aplastó sus existencias. No crean que lo dice en un tono sentimental, sino con una suprema indignación por la ciega agresividad de quien es capaz de todo por tal de ganar. Si no conociéramos los hechos históricos, la conclusión que sacaría un lector cualquiera es que las fuerzas aliadas trataron de invadir Alemania.

Se aprende mucho con libros como Tempestades de acero, porque es el perfecto manual de lo que no se debe hacer, de lo que no se debe pensar, y sin embargo se hace y se piensa todos los días en algún lugar de nuestro planeta. Perdonen este último tono moralizante pero es que cuando se lee una obra de estas escalofriantes características uno tiene que defender sus propias ideas, no vaya a ser que se llegue a pensar que son ellos los que se ven obligados a defender las suyas de nuestras ofensivas imposiciones.

Tempestades de acero. Ernst Jünger. Tusquets.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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