Sin novedad en el frente. Lewis Milestone. 1930.

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El director norteamericano, de origen ruso, Lewis Milestone se curtió tras una cámara después de alistarse como ayudante de dirección en los filmes de entrenamiento de las tropas estadounidenses en la Primera Guerra Mundial. Una vez establecido en Hollywood, y de la mano del excéntrico productor Howard Hughes, tuvo la oportunidad de filmar en 1927 una amable comedia situada en la Gran Guerra, Hermanos de Armas (Two Arabian Knights), una obra muy apreciable y de gran calidad cinematográfica que ya abordaba, si bien de una forma tangencial, los aspectos más trágicos del campo de batalla. Tal vez por ello, su gran oportunidad le llegó cuando le encargaron el rodaje de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930), película basada en la novela de Erich Maria Remarque cuyo éxito mundial había sido fulminante.

No era un trabajo fácil, puesto que el libro abundaba en los pensamientos y las emociones vividas por un soldado del ejército alemán, limitando la acción a momentos puntuales del relato, hechos que motivaban las reflexiones del soldado. Otra de las dificultades que encontraría Milestone fue la irrupción del cine sonoro, que suponía una forma de contar mucho más matizada y sutil que la utilizada en sus filmes mudos, precisamente cuando tenía entre las manos un guion cuyas posibilidades expresivas eran indudables.

Pero aún tendría Milestone un reto más arduo ante sus espectadores: la película se cuenta desde el lado alemán, del enemigo, de los malos, relatando sus desventuras pero también sus pequeñas victorias, y el que aparece como oponente en la batalla es el ejército inglés, al que tratan de vencer los soldados que forman el batallón protagonista. Era innegable que sólo una gran producción podría convencer al público que aquello que estaban viendo era una película antibelicista donde se superponía el humanismo al recuerdo de la matanza de más de cien mil soldados estadounidenses por parte de esos mismos soldados de los que se hablaba en la pantalla.

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El éxito de la película, sin duda, se debió a la sabiduría y la sensibilidad de Milestone que, en todo momento, toma como claras víctimas al grupo de estudiantes que terminará siendo poco a poco aniquilado conforme avanza el film, sin distinguir patrias ni ideologías.

Para que no hubiera dudas al respecto, la película comienza con una secuencia magistral en la que, en exteriores, se ve la movilización de cientos de soldados prusianos que desfilan vitoreados por las calles bajo el halo triunfador y emocionado del pueblo. Desde ese plano general que ya pone los pelos de punta, la cámara retrocede lentamente entrando por el gran ventanal de un aula donde se ven a unos muchachos escuchando atentamente a su profesor, el cual arenga con un discurso demagógico y efectista a sus alumnos para que se alisten como voluntarios en el ejército. La secuencia es ciertamente intensa y termina con unos sensacionales primeros planos de los protagonistas y del profesor tomados directamente de las aún recientes lecciones sobre montaje de Eisenstein (Secuencia: Debéis dar la vida por la Patria)

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A esos jóvenes, casi niños, los están engañando; los espectadores sabemos que los están engañando y pensamos que ellos podrían haber sido nuestros hijos. La identificación con la película, a partir de ese momento, es total. Esta adhesión se confirma poco más tarde mientras vemos cómo son duramente adiestrados en el ejército por un sargento patatero (el cartero del pueblo) que lo único que desea es pasar de ser un don nadie a tener un mando y ejercerlo de la forma más despótica posible.

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El bautismo de fuego es otro de los puntos más importantes de la película. En un ejercicio de persuasión, Milestone rueda la llegada de los muchachos a las inmediaciones del frente en el remolque de una camioneta. Cuando han bajado cerca de un bosque, la camioneta se aleja entre una nube de niebla y humo semitransparente, iluminada con un fuerte contraluz, que le da a la escena un aura de irrealidad, como si esos soldados entraran directamente por las puertas del infierno, separados del mundo de los vivos por la oscuridad y el desamparo.

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A partir de ese instante, la guerra entra de lleno en cada plano sin evitar ni un momento de crudeza. El público actual está acostumbrado a fuertes escenas de derramamiento de sangre, pero en 1930 mostrar un ataque bélico con todas sus consecuencias no era habitual ni sencillo de exhibir. Milestone en este sentido hace suyo el espíritu de la novela original e introduce al espectador sin más dilación en la perspectiva del soldado que se va a enfrentar al enemigo. Como puede apreciarse en esta impresionante secuencia, la idea del travelling en las trincheras no fue un descubrimiento de Stanley Kubrick (Secuencia: la espera en la trinchera).

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Después de esta espantosa espera, la cámara describe con fidelidad y realismo el horror de la batalla, sin ahorrar un solo detalle por cruento que sea y manejando la narración de la escena con una maestría sin precedentes en aquel momento. No se pierdan la prodigiosa utilización de los elementos de la realidad para adaptarlos al lenguaje del cine, concretamente, el sorprendente uso del travelling como si la cámara estuviera sobre el eje de una ametralladora y el empleo del contrapicado aprovechando la perspectiva del soldado desde dentro de la trinchera (Secuencia: el ataque)

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¿Es aceptable por parte del espectador que a los pocos minutos del metraje ya esté totalmente inmerso en la violencia de una forma tan repentina y explícita? Milestone lo que hace es presentar sus cartas, decirle al público que esto es lo que va a ver, que todos los hechos que después se van a narrar serán consecuencia de la implacable inercia de la guerra. No obstante, en esos momentos angustiosos emerge la bondadosa y franca presencia del cabo Katczinsky, todo un hallazgo del director puesto que en la novela tenía menos peso, y que pone en manos de un actor excepcional, Louis Wolheim , una capacidad de convicción realmente lograda para el personaje, bruto y sensible a la vez, comprensivo, noble y protector.

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A pesar de todo, la guerra es un hecho abstracto que, si bien sobrecoge en su primera exposición en la película, no introduce al espectador en la mente del protagonista, el joven Paul Baümer. La inquietud por individualizar los contradictorios pensamientos de un soldado mientras vive el horror del frente fue la clave del éxito de la novela de Remarque, que Lewis Milestone tradujo en lo que es el clímax del film: nuestro soldado, en plena retirada, es herido y se refugia en un embudo. Ve saltar por encima de su cabeza los cuerpos de sus enemigos ingleses hasta que uno de ellos cae a su lado dentro del embudo. Frente a frente, Paul tendrá que solventar esta peligrosa situación. La que podría haber sido otra escena bélica, Milestone la convierte en todo un ideario expresivo que apenas necesita palabras: dos hombres cuyos países no coinciden y llevados a la lucha por diferentes circunstancias se encuentran en el lugar equivocado y en el momento inadecuado (Secuencia: Yo quiero ayudarte). Para darle un tinte tan humano como ridículo, la expresión del rostro del soldado inglés, como hecho de cera, representa la disparatada e ininteligible razón de la guerra (Secuencia: El embudo).

Sin novedad en el frente es una película de ida y vuelta, aunque al final se convierta en un camino de no retorno. El soldado Paul Baümer, después de sobrevivir a una peligrosa herida, vuelve a su pueblo y se va encontrando, persona por persona, a todos aquellos que lo impulsaron a alistarse en el ejército, pero Paul, salvo para su madre, ya no es el mismo que partió hacia el frente tres años antes. El desengaño, la desesperanza, la tristeza y el rastro del dolor pueden descubrirse en la sombría expresión de Paul, subrayada por los ojos del actor Lew Ayres, esa mirada que tanto me recuerda a la del joven John Wayne (Secuencia: Retorno al aula)

La planificación de la película cobra todo su sentido cuando Paul vuelve con sus compañeros a la trinchera, como una especie de ritornello del que parece que no puede salir el soldado y que voluntariamente ha escogido antes de tiempo (vuelve con deliberada antelación del lado de su familia) porque siente que junto a sus camaradas está el verdadero rostro de la vida. La última escena, uno de los más bellos y patéticos finales que recuerdo, pone ese nudo en la garganta al espectador que, en su época, y no dudo que actualmente, retoma pocos segundos después su cotidianeidad como algo superfluo a la vez que valioso, bajo la sugestión de unas imágenes que aúnan y mantienen en lo más alto el espíritu humano y la belleza cinematográfica.

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Tráiler de la película

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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