La batalla del Somme: el primer documental bélico

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Hay una frase muy difundida que afirma que la realidad supera a veces la ficción. En el caso de la Primera Guerra Mundial, las ficciones que se han realizado alrededor de los hechos acaecidos en ese período han puesto el énfasis en la crueldad inhumana de una situación que superó cualquier infierno imaginado hasta entonces por el hombre. Es imposible que haya ficción que supere aquella realidad, por muy fiel que sea a los hechos. Lo imperdonable ocurre cuando la ficción se convierte en realidad, se muestra como si fuera la realidad, la verdad.En 1916, las cámaras cinematográficas eran una rareza. Casi nadie podía sospechar la fuerza emocional que podrían transmitir unas imágenes proyectadas sobre una pantalla. El 26 de junio de ese año, los operadores de cámara Geoffrey Malins y John McDowell comenzaron a rodar el que sería el primer documental bélico de la historia: La batalla del Somme, desde sus preparativos hasta el séptimo día de la batalla, que duraría aún 6 meses más.

La batalla del Somme

Por mucho que veamos películas de guerra, nada se parece a esto. Esos hombres que aparecen en el documental son reales, lucharon realmente en la guerra exponiendo su futuro y sus vidas. El beneficio que obtuvieron con ello lo ignoramos. Vemos sus rostros sonriendo mientras desfilan camino del campo de batalla, mirando a la cámara, seguramente extrañados de esos aparatos sostenidos por un trípode que jamás habrían visto antes, sin sospechar que estaban siendo protagonistas de una triste historia que jamás conocieron pero que sí sufrieron.

La batalla del Somme (el documental completo)

Para quien no sepa el contexto de esta filmación, diremos que la batalla del Somme, en la que lucharon fundamentalmente soldados ingleses contra alemanes en suelo francés, fue la más cruel de todas las batallas de la Gran Guerra. Miramos la cara de esos hombres, sus torpes movimientos poco marciales, porque la inmensa mayoría eran civiles que se alistaron voluntarios gracias a una agresiva campaña de reclutamiento comandada por el implacable Secretario de Estado de Guerra británico, Horatio Kitchener; los vemos portando sus fusiles, la única arma que podía defender sus vidas, y en sus miradas creemos advertir su confianza en las estrategias supuestamente acertadas de los mandos militares, en quienes estaba depositado su destino. Luego pensamos en el número de bajas de aquella bárbara batalla: más de 300.000 muertos y cerca de 1.000.000 de heridos. Para que el lector se haga una idea, las víctimas mortales totales dejadas por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron 220.000 personas.A pesar de mostrar imágenes reales, este documental no va a herir la sensibilidad de nadie, a menos que se tenga mucha sensibilidad por el daño que puede hacer la mentira, la trampa, el engaño, porque en este documental no hay un solo fotograma falso: lo que es falso es todo el documental.

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Veámoslo con los ojos de un espectador de 1916: la primera parte muestra los preparativos de la batalla en la línea Fricourt-Mametz. Una división espera el momento de entrar en acción, exactamente las 24 horas anteriores al desastroso 1 de julio, primer día del enfrentamiento. Ante la cámara desfilan cientos de soldados ingleses en varias tomas. Levantan sus cascos de acero saludando a la cámara y se les ve contentos, casi felices. Las campesinas siguen trabajando sobre la tierra como si se tratara de un cuadro de Millet. Se nos presenta toda la munición pesada con que cuenta el ejército. Cañones, obuses, morteros… la artillería hace fuego contra las trincheras enemigas. Más de un millón y medio de granadas son disparadas. Durante minutos y más minutos de metraje contemplamos la descarga de los cañones, los casquillos de los obuses apilados a miles, los soldados de infantería esperando en el campamento, entre bromas y cigarrillos…y humo, humo al fondo, humo de explosiones en el horizonte, lejos, muy lejos, aunque la trinchera alemana estaba a tan solo 300 metros.

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La segunda parte del documental nos ofrece más de lo mismo: sonrisas, confianza, cañones, muchos cañones, y por fin la batalla: tal como ocurrió, la señal de partida la constituye la explosión de tres grandes minas, puestas debajo de las líneas enemigas unos días antes mediante túneles hechos al efecto, levantando una monstruosa montaña con toneladas de tierra y, suponemos, decenas de cuerpos alemanes.

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Los soldados ingleses salen de las trincheras, no como en las películas, sino tranquilamente, como si fueran a cualquier trabajo habitual… y nada más. De lejos, se ven los hombres como hormigas recorriendo la llanura y a su alrededor nubes de humo que explotan en el aire como cohetes en una feria.

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Y de repente, los ingleses ya están en la trinchera alemana, recogen sus propios heridos y los heridos de los enemigos, se ven salir prisioneros y más prisioneros germanos, se los ve entrando en el campamento inglés, lo bien que son tratados y atendidos, recibiendo cigarrillos y el buen rancho de los ingleses. Por unos segundos, no muchos, el documental muestra cadáveres, por supuesto alemanes, unos cuantos, muertos en cualquier postura, amontonados en filas, esperando ya para siempre junto a los hoyos que cavan los que los han matado, los ingleses.

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La última escena es la más escalofriante vista desde nuestra perspectiva: los soldados ingleses vuelven a desfilar, una vez conquistada la línea enemiga hacia otra línea del frente, de nuevo fuman y sonríen, de nuevo saludan con el casco de acero a la cámara, incluso ralentizan algo la marcha para posar unas décimas de segundo más ante el objetivo. Ignoramos cuál fue su siguiente destino: sólo sabemos que salieron vivos de esta primera batalla de las muchas otras que se libraron durante varios meses.

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El documental fue rápidamente montado, y un mes después de haber sido filmado, se exhibe al público por primera vez el 10 de agosto de 1916 en el Scala Theatre de Londres. Durante esos días, la batalla del Somme aún se sigue librando.

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El éxito es apabullante. En 6 semanas ven la cinta 20 millones de personas. En pocos meses, ocupa el programa de casi todas las salas inglesas y salta fronteras: se muestra en Rusia, en Francia, en Estados Unidos. Una oleada de hombres se alista como voluntarios.

Casi 100 años después, lo único que nos queda es el infinito respeto por esos soldados que aparecen en la película restaurada y unas cuantas fotografías dramáticas extraídas del film, muy pocas, porque los fotogramas fueron acertadamente escogidos para que no hubiera la menor mención a las atrocidades de la guerra. De hecho, eso es lo que se echa de menos en el documental: la batalla, la guerra.

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Hay que ver esta cinta para comprender hasta qué punto pueden llegar la falta de escrúpulos y la monstruosa mentira para alcanzar unos objetivos más que controvertidos y justificar el fin con los medios. La batalla del Somme fue la más mortífera de la historia del ejército británico. Sólo en las primeras 24 horas, ésas que se muestran parcialmente en las embusteras imágenes, murieron 20.000 hombres debido al caos estratégico y las decisiones erróneas de unos generales que aún en 1916 y tras dos años de lucha, seguían practicando los desfasados movimientos de tropas napoleónicos.

El desastre fue tan clamoroso que hasta las propias imágenes del film, sin querer, muestren algo insólito que ocurrió de verdad: los soldados ingleses, a instancias del Alto Mando, salieron andando de las trincheras, y a ritmo de paseo, se acercaron a las líneas enemigas, confiados en que la artillería habría desocupado las líneas enemigas, cosa que no ocurrió y que nadie se entretuvo en comprobar. La realidad, si es que existe en estos casos, la pueden conocer en este reciente documental (En la línea de fuego: La batalla del Somme). Merece la pena contrastarlo con el que se rodó en 1916 con fines propagandísticos.

Hoy hace 100 años que comenzó la Primera Guerra Mundial. En estas páginas hemos comentado libros y películas sobre aquella conflagración, hemos hablado de ficción, sólo de ficción, personajes de papel, interpretaciones de actores. Creo que las víctimas de aquella matanza merecen hoy nuestro respeto viendo sus verdaderos rostros, su valentía, su ilusión, el campo de batalla donde lucharon y que resultó ser tierra y más tierra levantada, tierra por todas partes, polvo, piedras, suciedad, más tierra, cráteres de decenas de metros de profundidad, trincheras perfectamente construidas y trincheras casi improvisadas, tierra, tierra por todas partes, camaradería, dolor, sufrimiento, muerte, mentira, una mentira tras otra, inutilidad, sacrificio y de nuevo sus rostros, el rostro de un hombre que lleva a otro muerto sobre sus hombros, sus ojos mirando a la cámara, sus ojos mirándonos a nosotros, unos ojos limpios, tenaces, duros, sin una sombra de acusación, agotados, compasivos.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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