El pensamiento trágico de Albert Camus (y IV)

REBELDÍA Y MORAL

 Ante el hecho de la “muerte de Dios”, Sartre escribió:

El existencialismo piensa que es muy incómodo que Dios no exista, pues con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible; no puede haber bien “a priori”, puesto que no hay ya consciencia infinita y perfecta para pensarlo; no está escrito en ninguna parte que el bien exista, que haya que ser honesto, que no se pueda mentir, porque precisamente estamos sobre un plano en que sólo hay hombres.

Como no existe Dios ni tampoco una esencia humana definible, nos encontramos con la ausencia de valores morales permanentes con los que guiar nuestra conducta. Si nada obliga a nada, ¿de dónde sacar la fuerza necesaria para adquirir un compromiso serio, honesto, responsable?

imagenes_camus-sartre_5609a956El discurso de Camus es éste: tras la duda, aparece una primera evidencia intuitiva, de naturaleza existencial y moral, me rebelo, luego existo. Es una rebeldía contra toda forma de opresión que suprima mi libertad y dignidad como ser humano. Lo que desencadena la reacción es la conciencia inmediata que todos tenemos de esa dignidad sagrada. Camus invierte los términos de la formulación de Dostoievsky (“Si Dios no existe, todo está permitido”): precisamente porque Dios no existe, al rebelde le queda la evidencia de que no hay más vida que la presente, sin segundas oportunidades para alcanzar la felicidad, sin un ser supremo al que implorar piedad por nuestros crímenes. Hemos de elegir, pues, entre una vida sin valores en la que sólo impere la ley de la eficacia (que es la ley del más fuerte y la senda que conduce al nihilismo), y una vida plenamente humana orientada por valores que hagan de ella el bien supremo, posibilitando la felicidad en este mundo de aquí y ahora. Esta salida es el camino de la compasión y la fraternidad solidarias. Colocando el valor de la vida humana por encima de cualquier ideal, conseguimos triunfar del nihilismo con el motor revolucionario de la solidaridad.

Aquí se nos plantea la necesidad de un pensamiento utópico, alimentado por una “esperanza trágica”. Pero Camus sabe que la utopía no es siempre liberadora y humanizante. Por ello, Camus descubre en Marx un pensamiento utópico mitificado, que no es consciente de sus límites, que no se hace cargo de la finitud humana ni de la ambigüedad de la historia, que se halla preso en un ingenuo optimismo con el que encumbra a la razón hasta cimas de las que luego se resiste a descender. Camus comulgó en sus comienzos con esta forma de pensar, ingresando en el Partido Comunista Francés a la edad de veintitrés años. A afiliarse le empuja su deseo de “ver disminuir la suma de desgracia y de amargura que envenena a los hombres”. El proceso y la expulsión como militante llegó pronto: apenas un año después.

Camus denuncia en El hombre rebelde, la esclavitud en que vive el ser humano dentro del marxismo-leninismo, pues si bien es cierto que ha suprimido la prisión de Dios, ha construido en su lugar la cárcel de una necesidad histórica implacable, con lo que se acaba consagrando el nihilismo que Nietzsche pretendió vencer. El dogmatismo, las ambiciones filosóficas desmesuradas, son las causas que han hecho degenerar el espíritu revolucionario en terrorismo de estado y en regímenes donde el terror ha sido la norma. No existen reglas ni valores previos en el desarrollo histórico. Se supone que el devenir está sujeto a su propia lógica interna, que va marcando la regla de desarrollo más conveniente. No caben juicios morales “a priori”, tan sólo obedecer y esperar. En tal escenario, las exigencias de justicia, libertad y racionalidad se vuelven ideales abstractos y absolutos en nombre de los cuáles se termina por asesinar al mismo individuo en cuya defensa fueron establecidos. La utopía adquiere así un carácter patológico más que liberador.

Camus se pregunta si hay que renunciar a toda forma de utopía, sin otra forma que el conformismo. Su respuesta es negativa: cabe una utopía sana o relativa, una acción revolucionaria consciente de sus límites y dirigida por principios morales aceptables. Contra el mal, contra la injusticia, hay lugar para una crítica y una rebeldía que miran el horizonte muy lejano de una sociedad más justa y feliz, pero que se somete a principios morales y es consciente de la finitud humana para hacer propuestas concretas y realizables ahora. El tiempo de esa utopía no es el futuro, sino el presente, pues el compromiso fundamental es con los hombres vivos. Frente al franco optimismo marxista, Camus es un pesimista convencido en cuánto al destino humano, aunque optimista respecto al hombre: tiene confianza en la capacidad humana para transformar la historia y aproximarla a los ideales de libertad y justicia, desplazando el absurdo del mundo mediante la praxis, por más que esta confianza esté siempre oscurecida por la conciencia de nuestra finitud, que encuentra sus mayores expresiones en el sufrimiento y en la muerte. Por tanto, puede decirse que se trata de una esperanza paradójica, siempre próxima a la angustia del sinsentido. Incluso podría tildarse de esperanza trágica, pues tiene una clara percepción de la desproporción insalvable e irremediable que existe entre lo exigido como necesario y lo imposible. La fuente de inspiración de Camus en lo tocante a la existencia trágica y al pensamiento que la preside es a todas luces el Zaratrusta nietzscheano. Camus piensa, sin duda, en la sabiduría gozosa y agradecida a una tierra que, en su mediodía luminoso, hace exclamar al profeta: “Como uno de esos barcos, en la más tranquila de todas las bahías, así descanso yo también ahora, cerca de la tierra, fiel, confiado, aguardando, atado a ella con los hilos más tenues. ¡Oh, felicidad! ¿Quieres acaso cantar, alma mía? Yaces en la hierba. Pero ésta es la hora secreta, solemne, en que ningún pastor toca su flauta.

La utopía camusiana puede condensarse en estos aspectos:

  1. Defensa del diáologo entre iguales como vía de solución de conflictos, frente a la predicación solitaria de doctrinas defendidas dogmáticamente;
  2. Fraternidad humana como único valor que puede salvarnos del nihilismo y sus manifestaciones de barbarie, cinismo e injusticia;
  3. Negar toda justificación del asesinato, pues toda utopía, en su origen, constituye una propuesta contra la muerte;
  4. Rechazo de la violencia como arma al servicio de una doctrina o de una razón de estado. La violencia será el último recurso cuando las vías de diálogo estén agotadas, y en todo caso ha de ejercerse en favor de instituciones tangibles y no en nombre de ideales.
  5. La utopía será limitada por “la medida de las cosas y del ser humano”. Es una inspiración en la mesura de Heráclito, que éste simbolizó con la diosa Némesis.

La griega fue la civilización de la mesura, antítesis de la idiosincrasia de nuestra época. Su centro de gravedad era la dignidad y grandeza de un hombre que vive con armonía y gozo su existencia en la tierra hasta el punto de despertar envidia de los dioses, seres dichosos por excelencia. En El exilio de Helena (ensayo incluido en El verano) Camus encuentra extrema la distancia que separa la cultura europea de nuestro siglo de la civilización griega, afirmando que le resulta indecente proclamar hoy que somos los hijos de Grecia. El hombre de hoy es el hijo del nihilismo, su existencia se encuentra tan vacía que únicamente colma sus ansias en lo absoluto, y éste termina por tiranizarlo y hacer mayor aún su vacío.

 CONCLUSIÓN

 Ante el sinsentido del mundo no nos sirve ni la apuesta por Dios –escatología trascendente–, pues traiciona nuestra fidelidad a la tierra, ni tampoco la apuesta por utopías mitificadas –escatología inmanente–, que todo lo sacrifican en pos de una futura sociedad emancipada. La única vía posible de sentido es una apuesta esencialmente trágica por lo humano que es siempre “lo relativo”. Cuando encerramos al hombre en los límites de lo absoluto, lo absoluto termina convirtiéndose en un yugo opresivo.

Frente al optimismo ingenuo de toda clase, hay que ser conscientes de nuestros abismos. Tampoco conviene olvidar que la desmesura tendrá siempre su lugar en el corazón humano, debido a lo cual el crimen, el estrago, la injusticia, seguirán por siempre a nuestro lado. Nuestra tarea consistirá en combatir esos males en nosotros mismos y en los demás… aunque sea para ver que a continuación los niños seguirán muriendo injustamente.

El absurdo empuja a Camus a aferrarse agónicamente al hombre: fe en el hombre y amor a la vida como antídotos frente al vacío del sinsentido. La única incursión de Camus en el reino de lo absoluto tiene lugar en el terreno moral, en el valor de la vida de cada individuo y en el consiguiente respeto a su libertad y dignidad. Ése es el único reducto para lo sagrado en el pensamiento camusiano.

El absurdo y la rebeldía son dos aspectos que se requieren y complementan mutuamente en la concepción de la naturaleza humana que nos ofrece la obra de Camus. Él no quiso ser nunca el filósofo del absurdo –ni siquiera fue un filósofo propiamente dicho–, sino de la rebeldía y de la tragedia. Su obra conforma un profundo homenaje a la dignidad humana, y una adhesión apasionada y comprometida con la naturaleza del hombre, aunque con la necesaria mediación de la experiencia del sufrimiento. Camus es consciente de que no existe culpa sin posibilidad de perdón, como tampoco inocencia sin mancha; el mal es una semilla que ha echado raíces en nuestro corazón y que, en ocasiones, nos atenaza hasta doblegarnos y hacernos suyos; pero, en otras ocasiones, aparece la resistencia rebelde de quienes, movidos por su “amor al destino” y la compasión y fidelidad que sienten por el hombre, no se resignan a la injusticia, sabedores a un tiempo de la presencia indeleble del mal y de que la última palabra la tienen la muerte y la nada.

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Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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