Principio y fin. Naguib Mahfuz

Perteneciente a la segunda época de su producción, en la que impera la narración de corte realista, Naguib Mahfuz (1911-2006) se acoge a las pautas del folletín para escribir su novela Principio y fin (1949), un vasto fresco narrativo, un drama que recorre los peores años de una familia, la de Kámil efendi Ali, escrito a la sombra de los grandes maestros realistas del siglo XIX.

Ya desde su arranque, entramos de lleno en lo que será el nudo de la materia narrativa que nos acompañará a lo largo de todas las páginas de la novela: los hermanos Husayn y Hasanayn Kámil Ali son llamados por el director del colegio para recibir una terrible noticia: la muerte repentina de su padre Kámil, un modesto funcionario del ministerio de Instrucción pública. Inmediatamente conoceremos a los restantes miembros de su familia, sus hermanos Nafisa y Hasan, y especialmente su madre, que servirá de claro elemento catalizador del relato, por su carácter fuerte, poderoso e impasible.

Con la pericia de los maestros, Mahfuz consigue crear, desde el principio, una atmósfera singular, un clima característico, que presidirá la novela hasta su conclusión. Un microcosmos, de dimensiones específicas, se levanta ante el lector: la casa de la familia, que rige con pulso firme la madre, con sus cuatro hijos, tres varones y una hembra, y como telón de fondo y tema principal de la historia, la penuria económica a la que se ven abocados por la muerte del padre. Con técnica detallista, el narrador impone el ambiente, las normas, los usos y los hábitos desde muy pronto. Pese a las más de cuatrocientas páginas de la novela, la intensidad, variedad y agilidad de los episodios salvan toda sensación de monotonía o fatiga en la lectura. Es más; eludiendo hábilmente los peores resabios de la novela folletinesca y sobre un fondo pesimista nietzschiano que le otorga un plano filosófico de primer orden, el lector se siente inmerso en la trama desde los primeros acontecimientos, creciendo el interés de la trama hasta el final.

Como acostumbra a ocurrir en las novelas de Naguib Mahfuz, la maestría en la pintura de los personajes es soberbia. Cada personaje encarna una forma de entender el mundo, siempre englobado en el mundo árabe de los años treinta en el que desarrolla la novela y con la lucha por la supervivencia como telón de fondo angustioso, del que no podrán desprenderse los personajes.

La madre, ya se ha dicho, es el personaje más rocoso, aunque trazado con una sutil caracterización, que permanecerá imperturbable a lo largo de la novela. Representa el mundo adulto, la madurez, la comprensión de un destino adverso con las armas de la resignación y el espíritu de lucha. Como mujer dentro de un país árabe, poco puede hacer por sacar a sus hijos de la miseria, pero sin embargo, su autoridad pesará en cada una de las circunstancias en las que se va desarrollando la historia. Por el contrario, el hijo mayor, Hasan, representa el lado más oscuro de la familia (de hecho no vive en la casa familiar): es un matón, un vago que se dedica a pasar los días enteros dentro de los cafés, con el propósito frustrado de llegar a ser algún día cantante y poder vivir de ello. Su forma de ser, advertimos desde el principio, le impedirá cualquier atisbo de poder vivir honradamente de su trabajo, ni siquiera cuando la necesidad económica de la familia es más acuciante.

Husayn y Hasanayn son casi unos niños cuando comienza la novela. Nada pueden hacer para sacar a su familia adelante hasta que acaben sus estudios primarios. Los hermanos, que en un principio parecen muy unidos por formas de ser parecidas, cuando vayan creciendo dejarán aflorar personalidades muy distintas: Husayn se echará encima la responsabilidad de ser el varón de mayor edad (aunque realmente el mayor es Hasan, con el que no pueden contar) e inmediatamente después de terminar los estudios, busca un trabajo de funcionario para poder ayudar económicamente a su familia. Será, por tanto, el elemento sacrificado, el personaje en el que adivinamos un porvenir más brillante que, sin embargo, debe truncarse por la situación familiar. Todo lo contrario que su hermano Hasanayn, mucho más ambicioso, menos comprometido con una posible solución para acabar con la penuria que les asola continuamente. En su caso, tratará de seguir adelante con sus estudios en una academia militar a la que accede –pronto lo descubrimos- buscando el prestigio y la categoría que otorga vestir un uniforme, sobre todo en un momento en el que se empieza a hablar de una posible guerra mundial. Al final, de una manera dramática, también asistiremos a una creciente personalidad inflexible que desembocará en un final trágico.

Por otro lado, inolvidable es el personaje de la hermana, Nafisa, que debe hacerse cargo de sostener la precaria situación económica cosiendo para otras familias, lo que supone una humillación en el Egipto de la época. Por este motivo, ella ya no se siente una señorita, lo que ahonda en su complejo de inferioridad motivado por su fealdad: por culpa de la miseria, su humilde trabajo y su rostro poco agraciado, pensará que la única forma de atraer a los hombres es dejándose embaucar por ellos, ser un objeto sexual para los hombres que va conociendo casualmente por las calles de El Cairo, secreto que guardará hasta el final a los ojos de su familia.

Es esta una inolvidable novela de personajes. La profundidad en su trazado constituye el aspecto esencial de la novela. Como ocurre en los grandes maestros realistas, se procede a un asedio sintomático de las criaturas, hasta grabar en la memoria lectora sus dimensiones y sus líneas definitorias. No se ahorran datos, ni físicos ni psíquicos. Los conflictos sentimentales y domésticos dominan en buena parte de la obra. Principio y fin es una historia vigorosa, plena de materia narrativa, que cumple de manera ejemplar una de las funciones claves de la novela: ser un instrumento privilegiado de conocimiento de la realidad social y antropológica. En este sentido, Naguib Mahfuz fue un maestro y sin duda, a través de esta concepción ambiciosa de la novela, nos ha legado grandes obras maestras.

Principio y fin. Naguib Mahfuz. Edhasa, 1994.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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